Una amiga que trabaja en el Teatro Español (hoy es mucho más amiga) me mandó un mensaje al móvil el domingo pasado: "Incendies es impresionante, no te lo puedes perder, la gente sale emocionada". El viernes recibí otro de otra persona: "Si pasas por Madrid no dejes de ver Incendies en el Español". Les hice caso. Saqué una entrada y la ví ayer sábado.
Un dato: es la primera vez que veo a todo el público del teatro, a todo, de pie aplaudiendo al acabar una representación sobrecogedora, que concluye con los personajes bajo la lluvia y un silencio desolador. Aplaudiendo de pie durante 5 minutos.
Otro dato: salí anonadado, sin poder hablar durante media hora.
Otro dato: es uno de los montajes mejores que he visto en mi vida. Y he visto algunos.
El autor y director es libanés y está afincado en Canadá. Wajdi Mouawad. Vive en el Quebec, el de Lepage, el mismo espacio donde ya es evidente que se está haciendo el mejor teatro del momento.
La historia: un testamento que se abre y dos gemelos, chico y chica de 22 años, que acuden al notario a escuchar las últimas voluntades de una madre a la que aborrecen, la emigrante de Oriente próximo a la que apenas han visto en años. Un prosaico reparto de las propiedades y unas indicaciones precisas del entierro: en tierra, desnuda y boca abajo, sobre el cuerpo se verterán tres cubos de agua y se colocará una lápida sin nombre. "Las personas que no cumplen sus promesas no merecen un nombre en su lápida". El notario saca una bolsa con el resto de la herencia: una chaqueta con el número 72 a la espalda para ella, un cuaderno para él y dos sobres cerrados, que ella debe entregar a un hermano (desconocido para ambos) y él a su padre (al que no conocen y creían un héroe de guerra muerto). Cuando cumplan su encargo podrán colocar a la madre su nombre árabe en la lápida. Los gemelos escupen sobre la decisión y se largan...
Pero regresan, recogen sus sobres y comienzan la búsqueda de sus orígenes, de sí mismos y de su reencuentro con la madre que vivió 5 años muda, que nunca les habló de su pasado, que vivió toda la vida pendiente de los juicios a los criminales de guerra. Y descubren la guerra (del Líbano, de Oriente Medio, no se cita ni un sólo país, pero sabemos de qué estamos hablando). Los refugiados que invaden el país desde el sur, la tensión, los primeros enfrentamientos, las milicias, los asesinatos en masa, las violaciones, las cárceles que son campos de exterminio...
Y la madre en medio. Unas grabaciones, unas fotos antiguas y el testimonio de quienes la conocieron. Una historia de amor con alguien de otro clan, un hijo nacido y robado, una búsqueda del hijo en medio de la guerra, las matanzas, los crímenes impunes, los niños reventados contra las paredes, las mujeres quemadas vivas...
Y los hermanos se reencuentran con su pasado, conocen a su padre y conocen a su hermano. Y el resultado es sobrecogedor.
Tres horas de teatro puro: en el escenario, cuando más, 8 sillas: una pared de cristal al foro y mucha agua, para contar la historia de un país donde no llueve nunca, donde la infancia es "un cuchillo al cuello", como reflejan las marcas de las tres actrices que interpretan a la madre joven, a la adulta que trata de frenar la barbarie de sangre de esa tierra y la anciana que acude a declarar al Tribunal Penal Internacional ante su torturador y violador, que vuelve a reirse de ella. Teatro puro, donde no hay un sólo objeto que no tenga un sentido, que cada vez que se conoce es más desolador: la nariz de payaso que la parturienta dejó entre las ropas del niño antes de que se lo arrebataran porque era el único regalo que recibió del amor de su vida; el número 72, el de "la presa que canta", sistemáticamente torturada y violada por el "señor" del campo de concentración, el cuaderno dejado en testamento, el porqué de no ir nunca en autobús, los sobres...
Nueve actores excepcionales para una treintena de papeles diferentes, una dirección excelsa, que sabe contar las historias paralelas que se van cruzando en el escenario con una sabiduría infinita y un cuerpo, el de los espectadores, que recibe un puñetazo tan poderoso y total en el estómago que te impide hablar.
Hoy es la última representación. Si alguien de Madrid lee esto, que entre en Internet, reserve su entrada (si quedan) y vaya a verla. Ya. Sin falta. Se representa en la jerga hablanda en el Canadá francófono tan difícil de seguir y con sobretítulos. Que lea, vea y sienta. Le cambiará algo por dentro.
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domingo 8 de junio de 2008
CRITICA: Incendies, de Wajdi Mouawad para le Théâtre Abé Carré Cé Carré de Quebec, en el Español de Madrid
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jueves 22 de mayo de 2008
Críticas completas del estreno de Zarraberri, de Maite Pérez Larumbe, y Limbo, de Víctor Iriarte, en la prensa escocesa
Maite y Víctor posan en Glasgow con la torre de la antigua abadía donde se ubica el teatro Òran Mor al fondo.
Periódico METRO
Zarraberri / Limbo
Alan Chadwick
(calificación: 4 estrellas sobre 5)
Traducidas por Chris Dolan, estas dos obras provenientes de Pamplona son una gozada cómica.
Zarraberri, de Maite Pérez Larumbe, es una historia de una situación rara en una pequeña población. El gestor cultural de la gran ciudad que interpreta John Kazek está desesperado por colocar el proyecto arquitectónico que debe vender a toda costa, y piensa que ha cumplido su misión con éxito cuando lo ha “vendido” a un alcalde paleto para darse cuenta después que ha sido engañado como un chino.
En la obra Limbo, de Víctor Iriarte, un informático recientemente fallecido (otra vez John Kazek) ve cómo su vida va siendo evaluada como si estuviese haciendo una declaración de la renta, para decidir si va a entrar por las puertas doradas o va al fuego eterno. Las excelentes interpretaciones de Kazek, Ros Sydney y Simon Scott y algunos golpes cómicos de gran efecto proporcionan a ambas obras cortas más efectividad de la esperada en un principio.
Periódico The Herald
Neil Cooper
(Clasificación: 3 estrellas sobre 4)
Las traducciones de Chris Dolan de dos piezas cortas españolas se han convertido en un plato excepcional del ciclo “Pieza, pincho y pinta” de sesiones teatrales a la hora de la comida.
Estas no han sido particularmente subrayables: son más una sucesión de chistes que unas obras de sustancia, aunque ambas, cada una a su manera, muestran una profundidad satírica dentro en lo que es esencialmente un subtexto absurdo.
Zarraberri, de Maite Pérez Larumbe, presenta al burócrata de la gestión cultural de escaparate Alfonso intentando plantar un centro de visitantes en forma de cono en un pueblo del tres al cuarto en un esfuerzo vano de ingeniería social. Generalizar la cultura, crear centros de arte singulares, ustedes ya saben la historia. Haciendo una presentación como un bien ensayado participante en el concurso televisivo El aprendiz, Alfonso aspira a crear una locura urbanística del tamaño de una catedral, pero el alcalde local, interpretado por Simon Scott, y su hija, interpretada por Rod Sydney, tienen otras ideas. Lo que sigue es un discurso irónico sobre idioteces burocráticas que, haciendo un pequeño guiño a la arquitectura española, es infinitamente más potente que los imbéciles que gestionan estas actividades.
Limbo, de Víctor Iriarte, nos muestra a John Kazek compitiendo con argucias contra Ross Sydney y Simon Scott todavía más. Esta vez su nombre de pila es muy apropiadamente Ángel, un hombre que intenta entrar en el cielo, pero que primero debe pasar por un sistema de puntuación burocrático.
Un tercio de pesadilla kafkiana, un tercio de comedia de situación al estilo de Alan Bennett, un tercio de farsa mágico-realista, su temática sobre la vida y la muerte es más un sketch alargado que una obra completamente definida.
La producción de Rosie Kellagher obtiene lo mejor de ambas obras. Ambas abren con escenas sin palabras y hace navegar a Kazek, Scott y Sydney por este par de mini comedias de situación agradables y ligeras con un discreto encanto. Sin embargo, tienen una cierta perversidad más allá de la comedia y ambas muerden donde más duele.
Crítica completa en inglés pinchando aquí.
Periódico The Scotsman
Arando la fértil tierra de la memoria.
Joyce McMillan
(calificación: 3 estrellas sobre 5).
Pensemos lo que pensemos de la doble entrega de Oran Mor de esta semana, no podemos acusar a estas dos ultra cortas obritas de “Pieza, Pincho y Pinta” venidas del teatro hermano de Pamplona de mirarse al ombligo. Traducidas del español por Chris Dolan, tanto Zarraberri como Limbo se zambullen directamente en temas de actualidad de la vida y política de España.
En Zarraberri, de Maite Pérez Larumbe, es el mundillo hilarante de la regeneración local gracias a las artes. Aquí, un comercial de una empresa de gestión cultural, tratando desesperadamente de colocar un edificio emblemático con forma cónica que ya ha sido comisionado y pagado, es embaucado por un alcalde de pueblo y su paleta asistente, los cuales no le hacen ascos a explotar su identidad regional y su lenguaje -o de presentarse como más aldeanos de lo que en realidad son- con el fin de conseguir el aparcamiento subterráneo que es lo que realmente quieren.
En Limbo, Víctor Iriarte ataca sin piedad a la cada vez mayor distancia entre la España moderna y la iglesia católica, presentando a su héroe, Ángel, que intenta desesperadamente negociar su entrada en el cielo, con la ayuda de un par de trabajadores de las oficinas celestiales cuyos esfuerzos para enviar almas muertas al destino correcto es frustrado una y otra vez por decisiones gerenciales idiotas, impresos mal rellenados y sistemas informáticos obsoletos.
Las producciones de Rosie Kellagher tienen problemas, en ocasiones, para tocar la nota exacta de insanía urbana relajada; a veces, en la función del lunes parecían un poco aceleradas. Pero John Kazek, Simon Scott y la excelente Ros Sydney parecen recibir energía de la malicia intencionada de ambas propuestas; y para el final de la semana esta explosión de satira posmoderna europea habrá posiblemente madurado para convertirse en unos grandes 50 minutos de hilarante aperitivo del mediodía, no solamente ocurrente, sino inteligente.
Crítica completa en inglés pinchando aquí.
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domingo 30 de diciembre de 2007
CRÍTICA: "Alí Babá y los cuarenta ladrones", por la Ópera de Cámara de Navarra
Última creación de la Ópera de Cámara de Navarra, el proyecto impulsado por Pablo Ramos hace cuatro años, que sigue creciendo. Alí Babá es sin duda el mejor de los montajes realizados hasta ahora y supone un escalón superior en esta empresa de hacer ópera para todos los públicos surgida en Navarra y que está empezando a rodar fuera de la Comunidad Foral.
Escalón superior porque es una ópera nueva, escrita y musicada hoy, con lo que el repertorio escasísimo para público familiar crece y puede ayudar a su comercialización, siempre difícil. También por el esfuerzo palpable de la gerencia profesional, que ha conseguido un co-productor (ABAO de Bilbao) y mejores posibilidades de comercialización.
Pero hay mucho más, en aspectos estrictamente escénicos. ¿Por qué esta notable mejoría? En primer lugar, por la música de Iñigo Casalí, con bellos momentos mozartianos (donde muestra su dominio de la composición musical) y otros (quizá los más pegadizos) mucho más cercanos al musical de Broadway, y no lo digo como demérito, pues fueron excelentes. En general, lo mejor musicalmente lo ofrecieron todos los momentos cantados por el coro de 23 niños, magnífico en afinación, sentido musical, movimiento escénico y dicción.
Por supuesto, también excelente la orquesta de 17 músicos, bien dirigida por Vicente Egea. Y las coreografías de Becky Siegel, exigentes y bien bailadas por los dos "duendes", muy alejadas de los pasos ramplones que se veían en las coreografías de anteriores montajes.
Pablo Ramos sigue creciendo como director de escena: va olvidando la barroquización de sus inicios, que afeaba y desequilibraba sus montajes (recargados, llenos de aspectos gratuitos y de una constante necesidad de "demostrar" lo mucho que se sabe hacer, de en definitiva hacer evidente la dirección de escena), y ofrece ahora una línea de dirección alejada de la ampulosidad, basada en movimientos sencillos, escenas de grupos bien distribuidas, entradas y salidas más lógicas... Gracias a eso, el espectáculo gana en claridad y, sobre todo, llega mejor al público la historia que ha dramatizado con originalidad y talento Pablo Valdés.
(También he agradecido la casi ausencia de un recurso que me irrita, aunque reconozco que tiene mucho de manía personal y creo que persecutoria: ojalá se terminen de una vez en los montajes para público familiar los paseítos de los personajes por el patio de butacas durante la representación, recurso gratuito, incoherente, falsamente moderno, ventajista y chabacano que denota en el creador una falta de confianza en su capacidad de captar la atención o de crear momentos de tensión en el escenario y, las más de las veces, un escaso conocimiento dramaturgístico y del teatro que se está representando).
Da la impresión también de que en Alí Babá el trabajo de escenografía, iluminación y figurinismo ha estado más conjuntando con la dirección que en anteriores montajes, donde no siempre se remaba para el mismo lado. Por eso mismo, subrayo que el principal mérito de Ramos sigue siendo el de haberse convertido en un "producer" de primer orden, auténtico mánager general con capacidad de convocatoria, captación de recursos, organización de grupos y de compaginar intereses diferentes (cantantes, niños, músicos, escenógrafos). Está dotado de una autóritas que el montaje, perfectamente ensayado, sin errores visibles, transmite en todo momento. Una figura, ésta del productor, de la que andamos escasos en Navarra, además.
Pocos peros a este montaje: quizá lamentar que los bailes de los duendes no estén incorporados a la acción (aunque embellecen las transiciones, por lo visto no estaban en el libreto original y se notan superpuestos a la narración). También ganaría el montaje si Íñigo Casalí tuviera algo más de sentido "dramático" en la secuenciación de la ópera. Ello evitaría que el tema del malvado se cantase en el minuto 40 de la representación y no al principio. Convendría por tanto una reordenación (y seguramente la repetición) de algunos números musicales. Los personajes, de hecho, no se presentan en las primeras páginas y quizá se confía en exceso a la lectura del programa de mano o al conocimiento generalizado del cuento, lo que en mi opinión es un error. El montaje debe entenderse por sí mismo.
En este sentido, yo apuntaría también la necesidad de dotar a estas óperas-musicales de un tema principal, melódico, pegadizo y brillante, que se repita en varios momentos de la obra. No es problema para Casalí, porque ya los ha creado: en Alí Babá existen varios que podrían hacer esa función.
El espectáculo ganará con nuevas representaciones y apuesto a que va a tener una larga vida. Quizá el salto siguiente de Ópera de Cámara de Navarra lo aportará el propio mercado, y estará relacionado con el presupuesto y la ambición, cuando los personajes principales estén interpretados por cantantes profesionales, con voces más potentes, que pasen sin dificultades el foso de la orquesta. Lógicamente, tendrán que tener mayores cualidades interpretativas que los actuales, voluntariosos y entregados, pero limitados, aunque deberían continuar en el proyecto porque tienen capacidad para defender con solvencia partiquinos en un montaje de mayor dimensión. Ojalá veamos pronto en el escenario del Teatro Gayarre esa nueva cota alcanzada por este elenco que ya se ha hecho imprescindible en Navarra y se ha convertido en uno de los mejores regalos de Navidad.
Escalón superior porque es una ópera nueva, escrita y musicada hoy, con lo que el repertorio escasísimo para público familiar crece y puede ayudar a su comercialización, siempre difícil. También por el esfuerzo palpable de la gerencia profesional, que ha conseguido un co-productor (ABAO de Bilbao) y mejores posibilidades de comercialización.
Pero hay mucho más, en aspectos estrictamente escénicos. ¿Por qué esta notable mejoría? En primer lugar, por la música de Iñigo Casalí, con bellos momentos mozartianos (donde muestra su dominio de la composición musical) y otros (quizá los más pegadizos) mucho más cercanos al musical de Broadway, y no lo digo como demérito, pues fueron excelentes. En general, lo mejor musicalmente lo ofrecieron todos los momentos cantados por el coro de 23 niños, magnífico en afinación, sentido musical, movimiento escénico y dicción.
Por supuesto, también excelente la orquesta de 17 músicos, bien dirigida por Vicente Egea. Y las coreografías de Becky Siegel, exigentes y bien bailadas por los dos "duendes", muy alejadas de los pasos ramplones que se veían en las coreografías de anteriores montajes.
Pablo Ramos sigue creciendo como director de escena: va olvidando la barroquización de sus inicios, que afeaba y desequilibraba sus montajes (recargados, llenos de aspectos gratuitos y de una constante necesidad de "demostrar" lo mucho que se sabe hacer, de en definitiva hacer evidente la dirección de escena), y ofrece ahora una línea de dirección alejada de la ampulosidad, basada en movimientos sencillos, escenas de grupos bien distribuidas, entradas y salidas más lógicas... Gracias a eso, el espectáculo gana en claridad y, sobre todo, llega mejor al público la historia que ha dramatizado con originalidad y talento Pablo Valdés.
(También he agradecido la casi ausencia de un recurso que me irrita, aunque reconozco que tiene mucho de manía personal y creo que persecutoria: ojalá se terminen de una vez en los montajes para público familiar los paseítos de los personajes por el patio de butacas durante la representación, recurso gratuito, incoherente, falsamente moderno, ventajista y chabacano que denota en el creador una falta de confianza en su capacidad de captar la atención o de crear momentos de tensión en el escenario y, las más de las veces, un escaso conocimiento dramaturgístico y del teatro que se está representando).
Da la impresión también de que en Alí Babá el trabajo de escenografía, iluminación y figurinismo ha estado más conjuntando con la dirección que en anteriores montajes, donde no siempre se remaba para el mismo lado. Por eso mismo, subrayo que el principal mérito de Ramos sigue siendo el de haberse convertido en un "producer" de primer orden, auténtico mánager general con capacidad de convocatoria, captación de recursos, organización de grupos y de compaginar intereses diferentes (cantantes, niños, músicos, escenógrafos). Está dotado de una autóritas que el montaje, perfectamente ensayado, sin errores visibles, transmite en todo momento. Una figura, ésta del productor, de la que andamos escasos en Navarra, además.
Pocos peros a este montaje: quizá lamentar que los bailes de los duendes no estén incorporados a la acción (aunque embellecen las transiciones, por lo visto no estaban en el libreto original y se notan superpuestos a la narración). También ganaría el montaje si Íñigo Casalí tuviera algo más de sentido "dramático" en la secuenciación de la ópera. Ello evitaría que el tema del malvado se cantase en el minuto 40 de la representación y no al principio. Convendría por tanto una reordenación (y seguramente la repetición) de algunos números musicales. Los personajes, de hecho, no se presentan en las primeras páginas y quizá se confía en exceso a la lectura del programa de mano o al conocimiento generalizado del cuento, lo que en mi opinión es un error. El montaje debe entenderse por sí mismo.
En este sentido, yo apuntaría también la necesidad de dotar a estas óperas-musicales de un tema principal, melódico, pegadizo y brillante, que se repita en varios momentos de la obra. No es problema para Casalí, porque ya los ha creado: en Alí Babá existen varios que podrían hacer esa función.
El espectáculo ganará con nuevas representaciones y apuesto a que va a tener una larga vida. Quizá el salto siguiente de Ópera de Cámara de Navarra lo aportará el propio mercado, y estará relacionado con el presupuesto y la ambición, cuando los personajes principales estén interpretados por cantantes profesionales, con voces más potentes, que pasen sin dificultades el foso de la orquesta. Lógicamente, tendrán que tener mayores cualidades interpretativas que los actuales, voluntariosos y entregados, pero limitados, aunque deberían continuar en el proyecto porque tienen capacidad para defender con solvencia partiquinos en un montaje de mayor dimensión. Ojalá veamos pronto en el escenario del Teatro Gayarre esa nueva cota alcanzada por este elenco que ya se ha hecho imprescindible en Navarra y se ha convertido en uno de los mejores regalos de Navidad.
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CRÍTICA: "Las bizarrías de Belisa", por la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico
Debutó la Joven Compañía este año, en el Festival de Almagro. No ha parado de actuar desde entonces, y no me extraña, porque el estreno ha sido a lo grande. Eduardo Vasco, director de la CNTC, se arremangó en la primera producción y firmó la versión y dirección de Las bizarrías de Belisa, de Lope de Vega, un texto sobre amores entre jóvenes (como casi todos los de las comedias áureas). Pude verla finalmente el pasado 22 de diciembre, en Madrid.
Me pareció excelente el trabajo del joven elenco, todos con un mínimo común muy elevado, tremendamente profesional. Catorce actores muy bien preparados para el verso y la acción, que no desentonarían en ningún montaje privado o público. Vasco utiliza un piano romántico en el centro del escenario prácticamente toda la función y su música pone ambiente a los mejores momentos. Doce sillas decoradas individualmente (que según la disposición se convertían en fachada, interior, carruaje), y nada más que iluminación y sonidos para crear todos los ambientes, dando todo el protagonismo al texto y al actor. Como se hacía en los patios de comedias.
La función, en el Teatro Pavón, prácticamente a teatro lleno.
Un espectáculo esperanzador, para una iniciativa necesaria: ojalá pasen muchos jóvenes actores por esta compañía, curso de dicción de verso incluido, y extiendan el gusto por el teatro clásico como una mancha de aceite.
Me pareció excelente el trabajo del joven elenco, todos con un mínimo común muy elevado, tremendamente profesional. Catorce actores muy bien preparados para el verso y la acción, que no desentonarían en ningún montaje privado o público. Vasco utiliza un piano romántico en el centro del escenario prácticamente toda la función y su música pone ambiente a los mejores momentos. Doce sillas decoradas individualmente (que según la disposición se convertían en fachada, interior, carruaje), y nada más que iluminación y sonidos para crear todos los ambientes, dando todo el protagonismo al texto y al actor. Como se hacía en los patios de comedias.
La función, en el Teatro Pavón, prácticamente a teatro lleno.
Un espectáculo esperanzador, para una iniciativa necesaria: ojalá pasen muchos jóvenes actores por esta compañía, curso de dicción de verso incluido, y extiendan el gusto por el teatro clásico como una mancha de aceite.
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domingo 2 de diciembre de 2007
CRITICA TEATRAL: "Habilidades sociales", de Javier de Dios, por La Barca Teatro en la Sala Itaca de Madrid
Habilidades sociales podría subtitularse "o de cómo cagarse en Jorge Bucay y en todos los dementes que leen sus libros de autoayuda sin partirse el bazo de la risa por las memeces que suelta con frases pomposas y huecas escritas con ínfulas de ensayista". Se exhibe hasta el 9 de diciembre en la Sala Itaca de Madrid, a ls 20:30 horas de jueves a domingo. No se la pierdan.
Nadie al que le guste el teatro debiera perdérsela, repito, y no sólo ante la apática cartelera de Madrid, sino porque es una obra excelente de un autor importante, Javier de Dios, quien el año pasado ganó el Euskadi de Literatura por su anterior texto teatral, Comida para peces (primera vez que se entrega este premio a una obra teatral y primera vez a un no vasco). Comida para peces, una obra sobre el mobbing en las empresas, sin concesiones, sin finales redondos... ya ven por dónde va el autor.
Habilidades sociales no precisa mas que de una jaula de cristal y cinco asientos por toda escenografía. Una pecera de lujo que la iluminación demuestra no ser tan transparente como nos pensábamos. Cuatro personas acuden a una sesión de autoayuda, a mejorar su autoestima, a ganar confianza, a controlar los impulsos, inteligencia emocional, ya conocen, toda esa basura... Cuatro seres aparentemente grises, como la escenografía, como su vestuario, como su vida, dirigidos por una terapeuta de preocupar, una cantamañanas cuyo pelo rojizo pone la única nota de color en todo el escenario. Una profesora incapaz de imponerse al alumno que la humilla a diario, una víctima del mobbing, un licenciado que no soporta las entrevistas de trabajo para empleos de mierda ni siquiera mil euristas y un actor que no actúa (sobre el escenario).
No quiero desvelar mucho más, pero allí nada es lo que parece del todo, y no todo el que lo pide necesita esa ayuda. El autor, que escribe de forma brillante y dirige con pasmosa facilidad escenas complicadísimas donde se requiere ritmo y limpieza, aunque todos hablen a la vez, es perfectamente consciente de que en este tipo de entrenamientos de la emoción subyace una profunda carga ideológica, que además es inmoral: te ayudan a adaptarte a la sociedad en la que vives, a superar la mierda en que determinados comportamientos te envuelven en vez de cuestionarlos, luchar por cambiarlos, por combatirlos, por ponerlos en evidencia. Nunca lo expresa abiertamente Javier de Dios, su escritura es finísima, pero cada uno de los peronajes, en el fondo, lo está expresando con gestos, con silencios, con medias verdades, con sus happenings en sesiones cada vez más claustrofóbicas.
Esa es otra. La Barca teatro son cinco actores de primer nivel que llevan juntos más de una década trabajando en ditintos montajes. La conexión entre ellos y con el director es brutal. Y se nota. Es imposible si no una representación tan cerrada, tan perfecta, tan encajada como un cubo de Rubick, sin una fisura, se muestre ante el público con una apariencia tan improvisada, tan informal. Como no salen el teleseries ni encabezan repartos en los teatros nacionales, es de justicia poner sus nombres: David Díaz, Juanma López, Ramos López, Esther Ramos y Jorge Cachero.
No se la pierdan. Sala Ítaca. 12 euros. Metro Palos de la Frontera. El nombre del suburbano a tono con Habilidades sociales: una obra fronteriza, sobre ciertos límites que deberíamos atrevernos a cruzar, que da un soberano palo en la boca del estómago a tanta farfulla, a tanta psicología de baratillo para marujas y manolos. Y a tanto teatro sin ambición.
Nadie al que le guste el teatro debiera perdérsela, repito, y no sólo ante la apática cartelera de Madrid, sino porque es una obra excelente de un autor importante, Javier de Dios, quien el año pasado ganó el Euskadi de Literatura por su anterior texto teatral, Comida para peces (primera vez que se entrega este premio a una obra teatral y primera vez a un no vasco). Comida para peces, una obra sobre el mobbing en las empresas, sin concesiones, sin finales redondos... ya ven por dónde va el autor.
Habilidades sociales no precisa mas que de una jaula de cristal y cinco asientos por toda escenografía. Una pecera de lujo que la iluminación demuestra no ser tan transparente como nos pensábamos. Cuatro personas acuden a una sesión de autoayuda, a mejorar su autoestima, a ganar confianza, a controlar los impulsos, inteligencia emocional, ya conocen, toda esa basura... Cuatro seres aparentemente grises, como la escenografía, como su vestuario, como su vida, dirigidos por una terapeuta de preocupar, una cantamañanas cuyo pelo rojizo pone la única nota de color en todo el escenario. Una profesora incapaz de imponerse al alumno que la humilla a diario, una víctima del mobbing, un licenciado que no soporta las entrevistas de trabajo para empleos de mierda ni siquiera mil euristas y un actor que no actúa (sobre el escenario).
No quiero desvelar mucho más, pero allí nada es lo que parece del todo, y no todo el que lo pide necesita esa ayuda. El autor, que escribe de forma brillante y dirige con pasmosa facilidad escenas complicadísimas donde se requiere ritmo y limpieza, aunque todos hablen a la vez, es perfectamente consciente de que en este tipo de entrenamientos de la emoción subyace una profunda carga ideológica, que además es inmoral: te ayudan a adaptarte a la sociedad en la que vives, a superar la mierda en que determinados comportamientos te envuelven en vez de cuestionarlos, luchar por cambiarlos, por combatirlos, por ponerlos en evidencia. Nunca lo expresa abiertamente Javier de Dios, su escritura es finísima, pero cada uno de los peronajes, en el fondo, lo está expresando con gestos, con silencios, con medias verdades, con sus happenings en sesiones cada vez más claustrofóbicas.
Esa es otra. La Barca teatro son cinco actores de primer nivel que llevan juntos más de una década trabajando en ditintos montajes. La conexión entre ellos y con el director es brutal. Y se nota. Es imposible si no una representación tan cerrada, tan perfecta, tan encajada como un cubo de Rubick, sin una fisura, se muestre ante el público con una apariencia tan improvisada, tan informal. Como no salen el teleseries ni encabezan repartos en los teatros nacionales, es de justicia poner sus nombres: David Díaz, Juanma López, Ramos López, Esther Ramos y Jorge Cachero.
No se la pierdan. Sala Ítaca. 12 euros. Metro Palos de la Frontera. El nombre del suburbano a tono con Habilidades sociales: una obra fronteriza, sobre ciertos límites que deberíamos atrevernos a cruzar, que da un soberano palo en la boca del estómago a tanta farfulla, a tanta psicología de baratillo para marujas y manolos. Y a tanto teatro sin ambición.
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sábado 6 de octubre de 2007
CRÍTICA: "El reverso del verso", de La Trova
La Trova estrenó ayer, viernes, su séptimo espectáculo, El reverso del verso, en la línea de los seis anteriores: una serie de esqueches sin un hilo temático muy definido interpretados por cuatro músicos y cantantes, en la línea del humor inteligente de Les Luthiers.
No pude ver el anterior espectáculo, que todavía sigue en cartel, y que pasearon durante años con éxito por escenarios profesionales (Barcelona y Madrid, pero también otras muchas ciudades españolas) y creo que no les había visto en los últimos cinco años. La impresión es curiosa: salgo de verlos con idéntica imagen con la que dejé la ENT cuando estuve en su debut, en 1992. Entonces participaba en un jurado local y propuse (y votamos) premios al mejor guión y mejor música.
¿Por qué esta impresión idéntica? Porque los componentes de La Trova siguen haciendo muy bien lo que ya sabían hacer muy bien cuando empezaron esta aventura y siguen arrastrando las mismas deficiencias y carencias de las que adolecían entonces. Por eso el resultado del espectáculo deja más que satisfecho a un espectador y crítico como yo, porque tiene enjundia y calidad, pero uno siente la sensación de que podría dar mucho más de sí. Trataré de explicarlo.
El reverso del verso está anunciado como una recreación/adaptación/modernización de un auto sacramental con el esquema de diálogo alegórico entre el Autor, la Cultura, la Vida misma y la Cultura. Un hilo conductor endeble porque está interrumpido por una serie de números que nada tienen que ver con ese propósito inicial. Pero da igual, porque cada fragmento tiene muchos valores en sí mismos y su intercalación ofrece ritmo y nuevas oportunidades de reír. Los momentos "calderonianos" del texto de Javier Horno son por momentos magníficos (bien rimados, con gracia, elegantes) y demuestran que conoce mejor que bien el referente. Algunos esqueches tienen brillantez, como el monólogo sobre el estado actual de la enseñanza en este país (también Javier sabe de lo que habla como profesor de instituto) o la parodia de los programas televisivos sobre estrenos cinematográficos y la traducción de las declaraciones de los protagonistas de la película. La crítica desde una ideología conservadora al progresismo (de la canción protesta, de algunas actitudes) también es fresca y novedosa, porque no abunda en los escenarios. Hilarante también el recital de música clásica y, especialmente, la presentación previa de esa sonata interrumpida (quizá el momento cómico más marcadamente "Luthier" de todo el espectáculo). Y el bis, por supuesto, el doblaje de una película de dibujos animados que recupera un estilo muy aplaudido de espectáculos anteriores. Lo peor para este crítico son las interrupciones publicitarias, por tópicas y poco imaginativas (porque uno siempre espera -iba a escribir exige- del guionista más chispa, productos comerciales más actuales y menos situaciones manidas).
También excelente, como en el 92, la música (en este caso de Máximo Olóriz); las interpretaciones musicales de los cuatro componentes de La Trova y también el dominio de muy distintos instrumentos. Por supuesto, la facilidad para la imitación de voces y acentos de los cuatro componentes del grupo, así como la evidente vis cómica de Javier Sanjulián y Manuel Horno.
Pero La Trova sigue arrastrando las carencias de siempre, quizá porque exigirían una preparación específica intensa en tiempo y formación que ni pueden ni tampoco quieren realizar. La más fácilmente salvable es que, como actores, los cuatro tienen evidentes limitaciones que disimulan muy bien cuando trabajan números musicales pero que quedan al descubierto en determinados momentos. Por ejemplo, cuando hablan todos a la vez y no consiguen evitar proyectar un sonido sucio (no ayuda, claro, el que actúen con micrófono también en los momentos no cantados, a mi juicio, un error de concepto del espectáculo). Además, cuando tienen que moverse por el escenario, porque les sigue faltando soltura. Y en algunos esqueches donde hay que interpretar, porque cuando se ponen "en actores" acaban siempre engolando sus diálogos, lo que da un punto artificioso a lo dicho y acaba provocando monotonía. Un ejemplo claro de lo dicho es Javier Horno, que intenta dar sentido, pausa y criterio a cada una de sus frases con un esfuerzo notable, pero su cuerpo, sin que él se dé cuenta, le acaba introduciendo la cabeza entre los hombros. Lo curioso es que cuando se olvida de "actuar", en el monólogo sobre el profesor y los alumnos de hoy día, es cuando mejor está en todo el espectáculo.
El problema de La Trova sigue siendo la falta de un director solvente, papel para el que Javier Horno carece de recursos, por muy claro que vea en el papel las situaciones que escribe. De haber contado El reverso del verso con un buen director de escena, no se hubiera tolerado nunca la iluminación exhibida, absolutamente penosa, que deja en semioscuridad en varios momentos a los intérpretes y en ni un sólo caso logra acompañar ni crear el ambiente adecuado a cada historia que se cuenta. Un director profesional hubiera modificado la disposición de las sillas e instrumentos en el escenario y hubiera aprovechado mucho mejor el espacio. También habría mejorado algo la interpretación de los cuatro integrantes de La Trova, digo yo, y sobre todo hubiera reordenado los esqueches, para que el espectáculo hubiera ido de menos a más hasta culminar en un final vibrante (en vez de producirse el bajón a que está abocado el espectáculo con la actual ordenación). Si además logra evitar las transiciones entre número y número (que son el auténtico talón de Aquiles de sus espectáculos), la obra hubiera lucido muchísimo más redonda. La Trova lo merece.
No pude ver el anterior espectáculo, que todavía sigue en cartel, y que pasearon durante años con éxito por escenarios profesionales (Barcelona y Madrid, pero también otras muchas ciudades españolas) y creo que no les había visto en los últimos cinco años. La impresión es curiosa: salgo de verlos con idéntica imagen con la que dejé la ENT cuando estuve en su debut, en 1992. Entonces participaba en un jurado local y propuse (y votamos) premios al mejor guión y mejor música.
¿Por qué esta impresión idéntica? Porque los componentes de La Trova siguen haciendo muy bien lo que ya sabían hacer muy bien cuando empezaron esta aventura y siguen arrastrando las mismas deficiencias y carencias de las que adolecían entonces. Por eso el resultado del espectáculo deja más que satisfecho a un espectador y crítico como yo, porque tiene enjundia y calidad, pero uno siente la sensación de que podría dar mucho más de sí. Trataré de explicarlo.
El reverso del verso está anunciado como una recreación/adaptación/modernización de un auto sacramental con el esquema de diálogo alegórico entre el Autor, la Cultura, la Vida misma y la Cultura. Un hilo conductor endeble porque está interrumpido por una serie de números que nada tienen que ver con ese propósito inicial. Pero da igual, porque cada fragmento tiene muchos valores en sí mismos y su intercalación ofrece ritmo y nuevas oportunidades de reír. Los momentos "calderonianos" del texto de Javier Horno son por momentos magníficos (bien rimados, con gracia, elegantes) y demuestran que conoce mejor que bien el referente. Algunos esqueches tienen brillantez, como el monólogo sobre el estado actual de la enseñanza en este país (también Javier sabe de lo que habla como profesor de instituto) o la parodia de los programas televisivos sobre estrenos cinematográficos y la traducción de las declaraciones de los protagonistas de la película. La crítica desde una ideología conservadora al progresismo (de la canción protesta, de algunas actitudes) también es fresca y novedosa, porque no abunda en los escenarios. Hilarante también el recital de música clásica y, especialmente, la presentación previa de esa sonata interrumpida (quizá el momento cómico más marcadamente "Luthier" de todo el espectáculo). Y el bis, por supuesto, el doblaje de una película de dibujos animados que recupera un estilo muy aplaudido de espectáculos anteriores. Lo peor para este crítico son las interrupciones publicitarias, por tópicas y poco imaginativas (porque uno siempre espera -iba a escribir exige- del guionista más chispa, productos comerciales más actuales y menos situaciones manidas).
También excelente, como en el 92, la música (en este caso de Máximo Olóriz); las interpretaciones musicales de los cuatro componentes de La Trova y también el dominio de muy distintos instrumentos. Por supuesto, la facilidad para la imitación de voces y acentos de los cuatro componentes del grupo, así como la evidente vis cómica de Javier Sanjulián y Manuel Horno.
Pero La Trova sigue arrastrando las carencias de siempre, quizá porque exigirían una preparación específica intensa en tiempo y formación que ni pueden ni tampoco quieren realizar. La más fácilmente salvable es que, como actores, los cuatro tienen evidentes limitaciones que disimulan muy bien cuando trabajan números musicales pero que quedan al descubierto en determinados momentos. Por ejemplo, cuando hablan todos a la vez y no consiguen evitar proyectar un sonido sucio (no ayuda, claro, el que actúen con micrófono también en los momentos no cantados, a mi juicio, un error de concepto del espectáculo). Además, cuando tienen que moverse por el escenario, porque les sigue faltando soltura. Y en algunos esqueches donde hay que interpretar, porque cuando se ponen "en actores" acaban siempre engolando sus diálogos, lo que da un punto artificioso a lo dicho y acaba provocando monotonía. Un ejemplo claro de lo dicho es Javier Horno, que intenta dar sentido, pausa y criterio a cada una de sus frases con un esfuerzo notable, pero su cuerpo, sin que él se dé cuenta, le acaba introduciendo la cabeza entre los hombros. Lo curioso es que cuando se olvida de "actuar", en el monólogo sobre el profesor y los alumnos de hoy día, es cuando mejor está en todo el espectáculo.
El problema de La Trova sigue siendo la falta de un director solvente, papel para el que Javier Horno carece de recursos, por muy claro que vea en el papel las situaciones que escribe. De haber contado El reverso del verso con un buen director de escena, no se hubiera tolerado nunca la iluminación exhibida, absolutamente penosa, que deja en semioscuridad en varios momentos a los intérpretes y en ni un sólo caso logra acompañar ni crear el ambiente adecuado a cada historia que se cuenta. Un director profesional hubiera modificado la disposición de las sillas e instrumentos en el escenario y hubiera aprovechado mucho mejor el espacio. También habría mejorado algo la interpretación de los cuatro integrantes de La Trova, digo yo, y sobre todo hubiera reordenado los esqueches, para que el espectáculo hubiera ido de menos a más hasta culminar en un final vibrante (en vez de producirse el bajón a que está abocado el espectáculo con la actual ordenación). Si además logra evitar las transiciones entre número y número (que son el auténtico talón de Aquiles de sus espectáculos), la obra hubiera lucido muchísimo más redonda. La Trova lo merece.
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CRÍTICA: "El humo azul", de Iñaki de Miguel
Iñaki de Miguel, veterano actor y hombre de teatro navarro, pasó por El Apuntador la temporada pasada para presentar El humo azul en el ciclo municipal Teatro de aquí, pero no pude verlo en ese momento, por la hiperinflacción de programación de la primavera y líos de trabajo. Pude asistir a una representación el pasado miércoles y en un marco especial y tremendamente apropiado, la sede de la ONCE, en un pase especial para personas ciegas y sus acompañantes.
El humo azul parte de los recuerdos y vivencias de Iñaki de Miguel de los primeros años de su vida en un pueblo de la montaña navarra, Burgui, en el valle del Roncal, pero pasado por el tamiz de la poesía y el humor. Iñaki traslada con acierto el hecho de que todos los seres humanos somos exiliados, unos proscritos de nuestra infancia. Más en este caso, porque aunque De Miguel no llega a la cincuentena, habla de un mundo rural que, en esencia, ya prácticamente ha desaparecido: la escuela comunitaria, la radio de galena, jugar todo el día en la calle, el monte como traspatio de la casa, el viaje a la capital como gran acontecimiento porque permite ir a Casa Unzu a comprar la ropa para el año siguiente... El humo azul del título hace referencia al color que la mezcla de la chimenea encendida en días de niebla producía en un pueblo donde el frío era un acompañante fijo diez meses al año.
Iñaki de Miguel, con la dirección de Ángel Sagüés, ha conseguido crear un gran espectáculo teatral a base de anécdotas, vivencias, recuerdos y emociones, en el que el violonchelo se constituye como un personaje más con el que dialoga, y la violonchelista (Eva Niño) en un tercer acompañante muy activo en un viaje a un pasado conducido por el sentimiento. Un espectáculo bien medido, donde se combinan distintas historias cotidianas cuyo componente mágico (la mirada del niño) sabe transmitir muy bien De Miguel a los espectadores. Un espectáculo que gana en intensidad y alcanza su momento cumbre con los poemas que recuerdan la mano del padre y, después, la mano del hijo. Tres generaciones, tres mundos, unidos por la complicidad del actor.
Un espectáculo para ver con los cinco sentidos. Los asistentes, casi medio centenar, pudieron durante la media hora previa charlar con el autor y "tocar" los objetos que componían la función: maletas viejas, la pesada llave de la iglesia, la pelota para jugar a mano en el frontón... y escuchar el cornetín, la campanilla del monaguillo... Los aplausos, intensos, obligaron a Iñaki, Eva y Ángel a saludar tres veces, demostrando el éxito de la función. En realidad, el éxito se transmitió al escenario desde el primer minuto, porque los incansables comentarios en voz alta durante toda la representación, tan molestos en otros espacios teatrales, fueron aquí la prueba evidente de la conexión que existía con el patio de butacas.
El humo azul parte de los recuerdos y vivencias de Iñaki de Miguel de los primeros años de su vida en un pueblo de la montaña navarra, Burgui, en el valle del Roncal, pero pasado por el tamiz de la poesía y el humor. Iñaki traslada con acierto el hecho de que todos los seres humanos somos exiliados, unos proscritos de nuestra infancia. Más en este caso, porque aunque De Miguel no llega a la cincuentena, habla de un mundo rural que, en esencia, ya prácticamente ha desaparecido: la escuela comunitaria, la radio de galena, jugar todo el día en la calle, el monte como traspatio de la casa, el viaje a la capital como gran acontecimiento porque permite ir a Casa Unzu a comprar la ropa para el año siguiente... El humo azul del título hace referencia al color que la mezcla de la chimenea encendida en días de niebla producía en un pueblo donde el frío era un acompañante fijo diez meses al año.
Iñaki de Miguel, con la dirección de Ángel Sagüés, ha conseguido crear un gran espectáculo teatral a base de anécdotas, vivencias, recuerdos y emociones, en el que el violonchelo se constituye como un personaje más con el que dialoga, y la violonchelista (Eva Niño) en un tercer acompañante muy activo en un viaje a un pasado conducido por el sentimiento. Un espectáculo bien medido, donde se combinan distintas historias cotidianas cuyo componente mágico (la mirada del niño) sabe transmitir muy bien De Miguel a los espectadores. Un espectáculo que gana en intensidad y alcanza su momento cumbre con los poemas que recuerdan la mano del padre y, después, la mano del hijo. Tres generaciones, tres mundos, unidos por la complicidad del actor.
Un espectáculo para ver con los cinco sentidos. Los asistentes, casi medio centenar, pudieron durante la media hora previa charlar con el autor y "tocar" los objetos que componían la función: maletas viejas, la pesada llave de la iglesia, la pelota para jugar a mano en el frontón... y escuchar el cornetín, la campanilla del monaguillo... Los aplausos, intensos, obligaron a Iñaki, Eva y Ángel a saludar tres veces, demostrando el éxito de la función. En realidad, el éxito se transmitió al escenario desde el primer minuto, porque los incansables comentarios en voz alta durante toda la representación, tan molestos en otros espacios teatrales, fueron aquí la prueba evidente de la conexión que existía con el patio de butacas.
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domingo 23 de septiembre de 2007
CRÍTICA: "Móvil", de Sergi Belbel, dirigida por Miguel Narros
Sábado en el Auditorio de Barañáin. A pesar de la "sequía" teatral del fin de semana pamplonés (sin programación a la vista en Gayarre ni Baluarte), apenas un tercio de la sala ocupada, atraída por la cabeza de cartel, María Barranco. La obra es un cúmulo de buenas ideas e intenciones que no termina de cuajar y deja más bien fríos a los espectadores. La culpa es fundamentalmente del texto. La propuesta es interesante y diferente a la anunciada: dicen que los humanos cada vez hablamos más, pero nos comunicamos menos y a eso ayudan las nuevas tecnologías. Pero no. Según el texto de Belbel, los teléfonos móviles son la mediación perfecta para atrevernos a decir lo que no podemos mirando a los ojos. El juego medianamente humorístico de la obra es que cuando de verdad cantamos las verdades del barquero a pecho descubierto las escucha un extraño. Lo que crea un juego sugerente de relaciones.
El problema de Móvil es que el autor no tiene claro si su obra es comedia o drama y eso lastra la dirección e interpretación; además, habla de un atentado terrorista en un aeropuerto como golpe de efecto pero no lo desarrolla ni aporta nada a la trama y, lo peor de todo, escribe situaciones y reacciones francamente inverosímiles para los personajes, lo que obliga a los cuatro actores a estar todo el rato un punto exagerados y gritones, para intentar hacer creíble desde las vísceras lo que leído suena acartonado. Además, empiezan todos "en alto", chillones, nerviosos, enfadados, histéricos. Son cuatro personas en crisis: madre abandonada y depresiva que ha intentado suicidarse se despide de hija para hacer un viaje de placer que no va a disfrutar; hija a la que el novio acaba de abandonar y tiene un complejo de Electra que no se lo pesa; ejecutiva agresiva excéntrica, dominante y zafia que dialoga con su amante, un joven gigoló (que no es tal, veremos luego: ella es viuda y él su hijo insatisfecho y dominable). El chaval también acaba de dejarlo con su novia. O sea, emipiezan todos a cien y la tensión no puede crecer durante los 110 minutos (veinte de ellos eternos) que dura la función. A los cuatro actores, todo hay que decirlo, se les notaron cualidades evidentes, pero sufren en la camisa de fuerza que suponen sus respectivos papeles.
La escenografía es "muy D'Odorico", muy Narros. Espacio limpio, elevado, doble calle al foro creada con paneles móviles y cuidada iluminación, que estropearon los técnicos de la función durante sus primeros veinte minutos. Estos también fueron culpables de los problemas de sonido. Casi toda la obra está presidida por ruidos de fondo (aeropuerto, sala de espera, calle, sirenas, tráfico, hall de hotel, músicas) que sonaron muy elevados, dificultando la escucha de los personajes incluso en la fila diez.
El problema de Móvil es que el autor no tiene claro si su obra es comedia o drama y eso lastra la dirección e interpretación; además, habla de un atentado terrorista en un aeropuerto como golpe de efecto pero no lo desarrolla ni aporta nada a la trama y, lo peor de todo, escribe situaciones y reacciones francamente inverosímiles para los personajes, lo que obliga a los cuatro actores a estar todo el rato un punto exagerados y gritones, para intentar hacer creíble desde las vísceras lo que leído suena acartonado. Además, empiezan todos "en alto", chillones, nerviosos, enfadados, histéricos. Son cuatro personas en crisis: madre abandonada y depresiva que ha intentado suicidarse se despide de hija para hacer un viaje de placer que no va a disfrutar; hija a la que el novio acaba de abandonar y tiene un complejo de Electra que no se lo pesa; ejecutiva agresiva excéntrica, dominante y zafia que dialoga con su amante, un joven gigoló (que no es tal, veremos luego: ella es viuda y él su hijo insatisfecho y dominable). El chaval también acaba de dejarlo con su novia. O sea, emipiezan todos a cien y la tensión no puede crecer durante los 110 minutos (veinte de ellos eternos) que dura la función. A los cuatro actores, todo hay que decirlo, se les notaron cualidades evidentes, pero sufren en la camisa de fuerza que suponen sus respectivos papeles.
La escenografía es "muy D'Odorico", muy Narros. Espacio limpio, elevado, doble calle al foro creada con paneles móviles y cuidada iluminación, que estropearon los técnicos de la función durante sus primeros veinte minutos. Estos también fueron culpables de los problemas de sonido. Casi toda la obra está presidida por ruidos de fondo (aeropuerto, sala de espera, calle, sirenas, tráfico, hall de hotel, músicas) que sonaron muy elevados, dificultando la escucha de los personajes incluso en la fila diez.
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sábado 8 de septiembre de 2007
CRÍTICA: "Baraka", un excelente trabajo de teatro actual
Baraka, la obra que el productor y actor Toni Cantó ofrece hoy sábado en el Teatro Gayarre, y que recomiendo vivamente que todo el que lea estas líneas vaya a verla, es un espectáculo de teatro actual de muy buena factura: ritmo, humor, visión descarnada de cuatro personajes en la cuerda floja, buena dirección, golpes de efecto afortunadísimos, escenario e iluminación muy cuidados y un toque de amargura final que concluyeron con una colecta extraordinaria de aplausos por parte del público, que no llenó el Teatro pero sí buena parte del patio de butacas y palcos.
Cuatro buenos actores: Toni Cantó (un político con problemas familiares), Juan Fernández, Juan Carlos Martín y Marcial Álvarez. Todos caras conocidas de la televisión y solventes sobre un escenario.
Muy recomendable esta obra de la escritora holandesa Maria Goos.
Cuatro buenos actores: Toni Cantó (un político con problemas familiares), Juan Fernández, Juan Carlos Martín y Marcial Álvarez. Todos caras conocidas de la televisión y solventes sobre un escenario.
Muy recomendable esta obra de la escritora holandesa Maria Goos.
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lunes 27 de agosto de 2007
CRÍTICA: La señorita de Trevélez, de Carlos Arniches
Tomás Gayo es un modelo interesante para el teatro español. Actor muy consciente de que nunca será una primera figura, y con dificultades para encontrar trabajo continuado, decidió hace unos años arremangarse y meterse a productor, en vez de perder el tiempo mendigando o quejándose. Elige bien textos de teatro textual, se reserva un papel secundario en todos los repartos, paga cabezas de cartel atractivos, busca buenos directores para las peculiaridades de cada obra y actúa, que es lo que le gusta. Sus producciones son modestas, pero honestas. Se nota coherencia, trabajo y criterio, también lo ajustado de su presupuesto. Vino al Teatro Gayarre este fin de semana con La señorita de Trevélez, de Carlos Arniches, obra cimera del teatro español del siglo XX y que siempre gusta ver.
Seguramente conocen el texto: la "solterona de pueblo", terriblemente frustrada por su condena a vestir santos, es envuelta en una broma cruel. Un grupo de majaderos sin escrúpulos, señoritos de casino, sin mayor interés que el de reírse (de ahí la crueldad de la broma, ni siquiera es para obtener un beneficio personal) cruzan cartas para hacerle ver que un joven recién llegado a la ciudad de provincias (Logroño en la obra, Palencia en la extraordinaria versión cinematográfica Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem) está perdidamente enamorada de él. El enredo se complica hasta extremos hirientes, la carcajada va dejando paso en el espectador a un regusto amargo y Arniches cierra la obra con una moralina sobre los vicios que impiden el progreso de España.
Ya no hay solteronas como en 1913, digo yo. (Estarán en semanas como ésta bailando reggeton en un todo incluido en el Caribe, disfrutando, que es lo que hay que hacer). Tambien ha cambiado el concepto de vergüenza, del qué dirán, de la murmuración, que existen, pero ya no hacen tambalear a una persona como en aquella Espapa profunda. Y a pesar de eso, el texto de Arniches no está acartonado y sus chistes mediante juegos de palabras siguen haciendo reír al público como el primer día: "¿Cómo prefieres el salto de cama, con caída o sin caída? ¡Hombre, si es salto, mejor sin caída!" y similares. Se comprobó en la función del viernes.
Ana Marzoa está espléndida haciéndose pasar por fea como Florita de Trevélez y la escena del banco en el jardín es hinchante. Pedro Miguel Martínez es un actor solvente y también fue un descubrimiento el que interpretó a Picavea (que no es Roberto Cairo, anunciado en el programa de mano), el único bromista con restos de escrúpulos que intenta ayudar a resolver la terrible confusión.
El montaje tiene un buen pasar, pero no llega a la excelencia por esa precariedad de medios de la que escribí, que obliga a "disfrazar" a varios actores, que no están en edad, como Tomás Gayo, que hace bien su papel pero es demasiado joven, ya que Gonzalo de Trevélez, el hermano de la ridícula protagonista, es también un solterón, cincuentón, ridículo al vestirse como veinteañero para que su hermana no vea en él el paso del tiempo que le afecta a ella. El conserje no es el abuelete que pinta Arniches, pero tiene papel porque es tambien el escenógrafo y maquinista del montaje; el criado dejó claro hasta en la forma de andar que no es actor, sino el gerente de Tomás Gayo, puriempleado también como regidor para cuadrar las cuentas, esfuerzo que hay que agradecer. Finalmente, Angeles Albadalejo hace de uno de los bromistas (la mayor incoherencia de la producción), quizá porque es también directora de producción. Y estas cosas tienen el riesgo de distraer al espectador: en teatro profesional, al texto de Arniches, profundamente realista, no le puedes poner actores maquillados para simular lo que no son ni tienen.
Sin embargo, subrayando el mérito de esta modesta producción, sólo pondría un suspenso absoluto a una cosa, un cero redondo: la interpretación de Luis Fernando Alves, cabeza de cartel como Numeriano Galán, el joven víctima de la broma. Y no porque no sea buen actor, sino porque no ha entendido en absoluto su papel. Está todo el rato en "gracioso", intentando hacer reír al público y "colocando" frases, poniendo poses y caretos mirando al patio de butacas. No se ha dado cuenta de que su personaje no sabe que es cómico. Y que hay que interpretarlo en serio, sintiendo su ahogo ante un enredo que crece imparable y lo va cercando. Eso es lo que el público ríe en La señorita de Trevélez, porque Arniches sabe perfectamente que el espectador es por definición cruel y disfrutará de sus apuros al verlo como se va condenando irremisiblemente a una boda trágica. Extraña que el actor no haya mirado más el trabajo de su compañera, Ana Marzoa, y que Mariano de Paco, el director, que conoce este teatro como nadie, no haya podido cortar semejante despropósito.
Seguramente conocen el texto: la "solterona de pueblo", terriblemente frustrada por su condena a vestir santos, es envuelta en una broma cruel. Un grupo de majaderos sin escrúpulos, señoritos de casino, sin mayor interés que el de reírse (de ahí la crueldad de la broma, ni siquiera es para obtener un beneficio personal) cruzan cartas para hacerle ver que un joven recién llegado a la ciudad de provincias (Logroño en la obra, Palencia en la extraordinaria versión cinematográfica Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem) está perdidamente enamorada de él. El enredo se complica hasta extremos hirientes, la carcajada va dejando paso en el espectador a un regusto amargo y Arniches cierra la obra con una moralina sobre los vicios que impiden el progreso de España.
Ya no hay solteronas como en 1913, digo yo. (Estarán en semanas como ésta bailando reggeton en un todo incluido en el Caribe, disfrutando, que es lo que hay que hacer). Tambien ha cambiado el concepto de vergüenza, del qué dirán, de la murmuración, que existen, pero ya no hacen tambalear a una persona como en aquella Espapa profunda. Y a pesar de eso, el texto de Arniches no está acartonado y sus chistes mediante juegos de palabras siguen haciendo reír al público como el primer día: "¿Cómo prefieres el salto de cama, con caída o sin caída? ¡Hombre, si es salto, mejor sin caída!" y similares. Se comprobó en la función del viernes.
Ana Marzoa está espléndida haciéndose pasar por fea como Florita de Trevélez y la escena del banco en el jardín es hinchante. Pedro Miguel Martínez es un actor solvente y también fue un descubrimiento el que interpretó a Picavea (que no es Roberto Cairo, anunciado en el programa de mano), el único bromista con restos de escrúpulos que intenta ayudar a resolver la terrible confusión.
El montaje tiene un buen pasar, pero no llega a la excelencia por esa precariedad de medios de la que escribí, que obliga a "disfrazar" a varios actores, que no están en edad, como Tomás Gayo, que hace bien su papel pero es demasiado joven, ya que Gonzalo de Trevélez, el hermano de la ridícula protagonista, es también un solterón, cincuentón, ridículo al vestirse como veinteañero para que su hermana no vea en él el paso del tiempo que le afecta a ella. El conserje no es el abuelete que pinta Arniches, pero tiene papel porque es tambien el escenógrafo y maquinista del montaje; el criado dejó claro hasta en la forma de andar que no es actor, sino el gerente de Tomás Gayo, puriempleado también como regidor para cuadrar las cuentas, esfuerzo que hay que agradecer. Finalmente, Angeles Albadalejo hace de uno de los bromistas (la mayor incoherencia de la producción), quizá porque es también directora de producción. Y estas cosas tienen el riesgo de distraer al espectador: en teatro profesional, al texto de Arniches, profundamente realista, no le puedes poner actores maquillados para simular lo que no son ni tienen.
Sin embargo, subrayando el mérito de esta modesta producción, sólo pondría un suspenso absoluto a una cosa, un cero redondo: la interpretación de Luis Fernando Alves, cabeza de cartel como Numeriano Galán, el joven víctima de la broma. Y no porque no sea buen actor, sino porque no ha entendido en absoluto su papel. Está todo el rato en "gracioso", intentando hacer reír al público y "colocando" frases, poniendo poses y caretos mirando al patio de butacas. No se ha dado cuenta de que su personaje no sabe que es cómico. Y que hay que interpretarlo en serio, sintiendo su ahogo ante un enredo que crece imparable y lo va cercando. Eso es lo que el público ríe en La señorita de Trevélez, porque Arniches sabe perfectamente que el espectador es por definición cruel y disfrutará de sus apuros al verlo como se va condenando irremisiblemente a una boda trágica. Extraña que el actor no haya mirado más el trabajo de su compañera, Ana Marzoa, y que Mariano de Paco, el director, que conoce este teatro como nadie, no haya podido cortar semejante despropósito.
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domingo 5 de agosto de 2007
Concluye el Festival de Olite con un brillante "Cyrano"
Tres espectáculos he podido ver este Festival de Olite, porque me pilló de viaje la primera semana de programación. Tres espectáculos nada más, pero altamente instructivos. Alfredo me recuerda que en el reparto de Lisístrata se me olvidó incluir el burro y la cabra, en actuaciones casi estelares, y así lo constato. Thabita me pide que amplíe la información del que creo que es el peor montaje teatral que he visto en mi vida, teatro aficionado incluido. No sé si merece la pena hablar de una versión que no había por dónde cogerla, con alusiones a la España de 1979, cuando hacían gracia alusiones al sexo y escatológicas que hoy causan rubor, y que contra lo que se anunció no fue revisado por Martínez Mediero (y si lo hizo que lo jubilen). Una obra pésimamente dirigida, donde la presencia de algunos actores sólo causaba un profundo sentimiento de vergüenza ajena. Una obra que pretendía hacer reír (y lo consiguió: soltamos carcajadas algunos porque nos parecía increíble que algo así pudiera suceder en un escenario). Y un montaje pretencioso, con ínfulas de espectacularidad que naufragaban en el ridículo. Pobres los emeritenses, lo que les espera. Olite, además, vio un pre-ensayo general, pues el montaje llegó con calzador, lo que demuestra la escasa profesionalidad del equipo gestor de la cosa.
Afortunadamente, Olite permitió la comparación, esta misma semana, con lo visto en el Claustro de San Pedro, cuando suben al escenario actores que saben de su oficio, que saben decir un texto y que están dirigidos por personas que saben concebir una puesta en escena con solvencia. Margarita la Tornera, anunciado como una propuesta "menor" dentro del festival, demostró a un grupo de actores solventes que alcanzaron brillantez en varios momentos, para un montaje cuya única pega era la elección de un texto interesante, pero que no era dramático sino poético, y que había que "narrar" para situar cada escena y hacer avanzar la acción, lo que resta teatralidad. Pero ya me gustaría a mí que Corencia, Marsó y su gente hubiera visto cómo se puede desarrollar un duelo a espadas o cómo marcar con dos detalles de iluminación y un verso bien dicho todas las emociones que se desean.
Finalmente, ayer vimos el Cyrano de Teatro Meridional. Excelente. Magnífico. Espectacular en su sencillez. Un escenario desnudo, dos taburetes y una sabia utilización del claustro para entradas y salidas. Una versión sobresaliente, meritoria al reducir a cuatro personajes un reparto que puede exigir 30, pero que gracias a los efectos de sonido y a las claves del movimiento permitían al espectador "ver" a los ciudadanos de París pasearse por el escenario, o sentir la batalla en el cerco de Arrás. Una dirección sobresaliente, que en la primera escena centra al espectador con la clave cómica que quiere dar al espectáculo, y que por eso mismo sorprenderá cuando, sin salirse de ella, logra transmitir a los espectadores, y emocionarlos, la tortura incontenible del drama de Cyrano, el sensible amante que se siente feo sin remisión que pone la brillantez de su pluma y verso al servicio del apuesto, simple y torpe Christian (que evitó caer en el "bobo" en que le convierten muchas versiones), a quien ama Roxana. En estos casos, hay que poner nombres propios: Álvaro Lavin, actor y director; Marina Szerezevsky, Óscar Sánchez Zafra y Paloma Vidal los otros tres intérpretes. Qué magníficos los cuatro diciendo el verso y matizando cada expresión. La traducción y adaptación es de Julio Salvatierra.
Busco en mi archivo otro montaje de Teatro Meridional que pude ver hace unos años en Cuarta Pared, en Madrid, en la misma línea de sencillez y buen hacer y lo encuentro: Miguel Hernández, visto en 2002 en Madrid, sobre la vida del poeta. Me sonaban las caras y el estilo y reviso aquel programa de mano. Lo protagonizó Álvaro Lavin, aquí Christían, y estaba el mismo equipo humano, con algún nombre más.
Brillante cierre del Festival de Olite, con un montaje como los clásicos: texto, intérpretes, una buena dirección y la piedra centenaria para enmarcar la acción. No hace falta más.
Afortunadamente, Olite permitió la comparación, esta misma semana, con lo visto en el Claustro de San Pedro, cuando suben al escenario actores que saben de su oficio, que saben decir un texto y que están dirigidos por personas que saben concebir una puesta en escena con solvencia. Margarita la Tornera, anunciado como una propuesta "menor" dentro del festival, demostró a un grupo de actores solventes que alcanzaron brillantez en varios momentos, para un montaje cuya única pega era la elección de un texto interesante, pero que no era dramático sino poético, y que había que "narrar" para situar cada escena y hacer avanzar la acción, lo que resta teatralidad. Pero ya me gustaría a mí que Corencia, Marsó y su gente hubiera visto cómo se puede desarrollar un duelo a espadas o cómo marcar con dos detalles de iluminación y un verso bien dicho todas las emociones que se desean.
Finalmente, ayer vimos el Cyrano de Teatro Meridional. Excelente. Magnífico. Espectacular en su sencillez. Un escenario desnudo, dos taburetes y una sabia utilización del claustro para entradas y salidas. Una versión sobresaliente, meritoria al reducir a cuatro personajes un reparto que puede exigir 30, pero que gracias a los efectos de sonido y a las claves del movimiento permitían al espectador "ver" a los ciudadanos de París pasearse por el escenario, o sentir la batalla en el cerco de Arrás. Una dirección sobresaliente, que en la primera escena centra al espectador con la clave cómica que quiere dar al espectáculo, y que por eso mismo sorprenderá cuando, sin salirse de ella, logra transmitir a los espectadores, y emocionarlos, la tortura incontenible del drama de Cyrano, el sensible amante que se siente feo sin remisión que pone la brillantez de su pluma y verso al servicio del apuesto, simple y torpe Christian (que evitó caer en el "bobo" en que le convierten muchas versiones), a quien ama Roxana. En estos casos, hay que poner nombres propios: Álvaro Lavin, actor y director; Marina Szerezevsky, Óscar Sánchez Zafra y Paloma Vidal los otros tres intérpretes. Qué magníficos los cuatro diciendo el verso y matizando cada expresión. La traducción y adaptación es de Julio Salvatierra.
Busco en mi archivo otro montaje de Teatro Meridional que pude ver hace unos años en Cuarta Pared, en Madrid, en la misma línea de sencillez y buen hacer y lo encuentro: Miguel Hernández, visto en 2002 en Madrid, sobre la vida del poeta. Me sonaban las caras y el estilo y reviso aquel programa de mano. Lo protagonizó Álvaro Lavin, aquí Christían, y estaba el mismo equipo humano, con algún nombre más.
Brillante cierre del Festival de Olite, con un montaje como los clásicos: texto, intérpretes, una buena dirección y la piedra centenaria para enmarcar la acción. No hace falta más.
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sábado 4 de agosto de 2007
CRÍTICA: "Lisístrata", de Aristófanes, en versión de Manuel Martínez Mediero
Ayer, en el Festival de Olite, se estrenó "Lisístrata", de Aristófanes, en versión de Manuel Martínez Mediero, con dirección de Antonio Corencia y producción de Paco Marsó. Actuaron Miriam Díaz Aroca, Juan Ribó, Javier Collado, César Diéguez, José Carlos Bebolloso, Rodrigo Sáez de Heredia, José Hervás, Alejandra Torray, Cristina Goyanes, Marta Manole, Arabia Martín, Jorge Lucas, Marisol Higueras, Irene Valerio, Elena Sánchez y Francisco Blanco. La escenografía y maquinaria era de Eduardo Escudero; la luminotecnia, de José Luis Rodríguez; el diseño de vestuario de Maite Álvarez y la música de José Villalobos.
¿Por qué?
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miércoles 27 de junio de 2007
CRÍTICA TEATRAL: "Controversia del toro y el torero", de Albert Boadella, por Els Joglars
Es un diálogo de sordos, el de los taurinos y los antitaurinos. No existe ningún punto de acuerdo entre quienes aborrecen la fiesta por el sufrimiento que provoca en el animal y quienes defienden este arte con mayúsculas. Joaquín Sabina, progre pero habitual en Las Ventas, lo define muy bien: "Los antitaurinos tienen razón, pero no tienen corazón".
Esta Controversia del toro y el torero nos remite al teatro prebarroco, donde no existe la acción, y el conflicto está basado exclusivamente en la sucesión de argumentos de uno y otro, aquí magníficamente expuestos por dos grandísimos actores, Xavier Boada y Ramón Fontseré. El primero es Miguel, el hombre que ha estado 25 años de su vida empujando el carretón con cuernos con el que ensayan los toreros, hasta el punto de asumir la personalidad y argumentos del cuatreño. Fontseré es un torero yacente, recién corneado, que imagina este diálogo onírico afectado por la anestesia y la pérdida de sangre.
La sucesión de argumentos se realiza con agilidad, con momentos de humor, y una gran puesta en escena, a pesar de que los dos personajes apenas se mueven en un círculo de cuatro metros de diámetro, una plaza encogida. Arena y luz por toda escenografía, que completa una muleta sin espada.
La obra duró apenas una hora y diez minutos. No necesitaba más ni podía extenderse más allá sin merma de la atención.
Un espectáculo completamente diferente al que habitualmente firma Boadella, alejado del gran ritual de los montajes joglarianos. Una diatriba minimal, para un problema que crece: Barcelona y Pamplona están siendo los principales escaparates. A pesar de ello, no se llenó el teatro. Poco Club Taurino en las butacas. Con razón dice un gran aficionado local, que el taurino español es iletrado o poco leído, a diferencia del francés, generalmente más documentado.
Esta Controversia del toro y el torero nos remite al teatro prebarroco, donde no existe la acción, y el conflicto está basado exclusivamente en la sucesión de argumentos de uno y otro, aquí magníficamente expuestos por dos grandísimos actores, Xavier Boada y Ramón Fontseré. El primero es Miguel, el hombre que ha estado 25 años de su vida empujando el carretón con cuernos con el que ensayan los toreros, hasta el punto de asumir la personalidad y argumentos del cuatreño. Fontseré es un torero yacente, recién corneado, que imagina este diálogo onírico afectado por la anestesia y la pérdida de sangre.
La sucesión de argumentos se realiza con agilidad, con momentos de humor, y una gran puesta en escena, a pesar de que los dos personajes apenas se mueven en un círculo de cuatro metros de diámetro, una plaza encogida. Arena y luz por toda escenografía, que completa una muleta sin espada.
La obra duró apenas una hora y diez minutos. No necesitaba más ni podía extenderse más allá sin merma de la atención.
Un espectáculo completamente diferente al que habitualmente firma Boadella, alejado del gran ritual de los montajes joglarianos. Una diatriba minimal, para un problema que crece: Barcelona y Pamplona están siendo los principales escaparates. A pesar de ello, no se llenó el teatro. Poco Club Taurino en las butacas. Con razón dice un gran aficionado local, que el taurino español es iletrado o poco leído, a diferencia del francés, generalmente más documentado.
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miércoles 30 de mayo de 2007
CRÍTICA: "El bazar de la langosta", de la Needcompany
A la salida del Teatro Gayarre, ayer, hubo quien echaba pestes de lo que había visto y quienes salían satisfechos por el espectáculo programado dentro del Festival Otras Miradas, Otras Escenas. Buenos aficionados que descalificaban radicalmente cada aspecto del montaje junto a quienes lo aplaudimos vivamente. ¿Qué pasó?
En primer lugar, que la propuesta El bazar de la langosta no se entendía, a pesar de que la traducción simultánea era muy buena; después, el esfuerzo para seguir la historia y a los actores, que no paraban de moverse por todo el escenario. A mí, sin embargo, no me pareció un montaje lejano, abstracto... Hasta me sugirió coincidencias con ese interesantísimo Construyendo a Verónica que vimos hace unas semanas: una historia con muerte que también sucedía en una playa y (aquí) cinco versiones distintas, dadas por cada uno de los personajes, lo que obliga al espectador a tomar la responsabilidad de construir él mismo la realidad que se le presenta parcial. Ya ven ustedes qué bacile el mío ayer en el patio de butacas.
Me encantó el espectáculo del grupo belga porque lograba transmitir la angustia desgarradora, atroz, brutal y seguramente más terrible que puede vivir un ser humano: la que siente todo padre que ha perdido a su hijo. Eso era lo que había que entender, o mejor dicho, sentir. Daba igual si el hijo murió a golpes en la playa, en un incendio en el hospital tras un año en coma o cuando el padre autorizó a que se le desconectara el aparato que le permitía respirar. ¿Por qué? Porque da igual. Porque hay que seguir la metáfora que nos propone el creador del espectáculo, no la frase textual. Un padre puede entender que dejó morir a su hijo cuando éste desaparece bruscamente de su vida, o considerar mayor catástrofe que un incendio arrasador la decisión de pulsar un botón...
A partir de ahí, había que dejarse llevar y creo que era fácil de entender la propuesta tal como se planteaba escénicamente: eran personajes reales pero lo que contaban no eran realidades, sino los sueños (más bien pesadillas) de cada uno de los personajes, lo que daba ese aire onírico al espectáculo. Personajes, por cierto, íntimamente desgarrados. Así se entiende que hable y cante un oso en un momento dado (porque es la imagen onírica concatenada del chófer, que es ruso, que se asocia al imaginario colectivo del oso ruso, que se presenta en escena como el oso, etecé, etecé). Y luego había que entender que se contaban cinco historias, pero en cada una de ellas los personajes que no participaban directamente en la versión seguían contando, por su cuenta, su propia historia (en ese caso, coreografiada), de ahí que se movieran en segundos y terceros planos, con momentos bailados de gran belleza, aunque provocaban tensión en el espectador, que tenía que mirar demasiadas cosas a la vez.
Además, me gustó la propuesta, tan teatral por antiteatral. En general, había poco diálogo y mucha narración en tercera persona, en proscenio, directamente a los espectadores: casi siempre era el mismo personaje femenino quien contaba lo que pasaba a cada personaje de la historia... Y eso se mezclaba con canciones muy tristes (que a mí me llegaron, aunque otros decían que eran flojitas). Y puede que cantaran mal (que a mí no me lo pareció, pero mi oído es penoso, lo reconozco), pero contribuían a crear ese "antimusical", nada complaciente, tan antidisney, tan alejado de los que programa la Gran Vía madrileña. El aire popero de la puesta en escena y el vestuario (tan light, tan decadente) permitía todavía un contraste mayor ante las cosas terribles que se decían: la niña prostituta de 14 años, la muert del hijo, los reproches del matrimonio.
Es decir, que me pareció un gran montaje, como se lo pareció al público de Avignon, quizá más acostumbrado a un teatro cubista, donde al espectador le llegan los planos fraccionados, descompuestos, con perspectivas diferentes que luego él debe unir.
Y un texto, por cierto, bellísimo, muy literario, sugerente y evocador. Y hasta un notable sentido del humor en algunos momentos, varios a propósito del crustáceo que da nombre al espectáculo, y que ya vimos que fue lo único mal traducido. Sentido del humor belga que, después de lo visto en esta segunda edición del festival, me da la impresión de que es como su chocolate: mucho mejor cuanto más negro y más amargo.
En primer lugar, que la propuesta El bazar de la langosta no se entendía, a pesar de que la traducción simultánea era muy buena; después, el esfuerzo para seguir la historia y a los actores, que no paraban de moverse por todo el escenario. A mí, sin embargo, no me pareció un montaje lejano, abstracto... Hasta me sugirió coincidencias con ese interesantísimo Construyendo a Verónica que vimos hace unas semanas: una historia con muerte que también sucedía en una playa y (aquí) cinco versiones distintas, dadas por cada uno de los personajes, lo que obliga al espectador a tomar la responsabilidad de construir él mismo la realidad que se le presenta parcial. Ya ven ustedes qué bacile el mío ayer en el patio de butacas.
Me encantó el espectáculo del grupo belga porque lograba transmitir la angustia desgarradora, atroz, brutal y seguramente más terrible que puede vivir un ser humano: la que siente todo padre que ha perdido a su hijo. Eso era lo que había que entender, o mejor dicho, sentir. Daba igual si el hijo murió a golpes en la playa, en un incendio en el hospital tras un año en coma o cuando el padre autorizó a que se le desconectara el aparato que le permitía respirar. ¿Por qué? Porque da igual. Porque hay que seguir la metáfora que nos propone el creador del espectáculo, no la frase textual. Un padre puede entender que dejó morir a su hijo cuando éste desaparece bruscamente de su vida, o considerar mayor catástrofe que un incendio arrasador la decisión de pulsar un botón...
A partir de ahí, había que dejarse llevar y creo que era fácil de entender la propuesta tal como se planteaba escénicamente: eran personajes reales pero lo que contaban no eran realidades, sino los sueños (más bien pesadillas) de cada uno de los personajes, lo que daba ese aire onírico al espectáculo. Personajes, por cierto, íntimamente desgarrados. Así se entiende que hable y cante un oso en un momento dado (porque es la imagen onírica concatenada del chófer, que es ruso, que se asocia al imaginario colectivo del oso ruso, que se presenta en escena como el oso, etecé, etecé). Y luego había que entender que se contaban cinco historias, pero en cada una de ellas los personajes que no participaban directamente en la versión seguían contando, por su cuenta, su propia historia (en ese caso, coreografiada), de ahí que se movieran en segundos y terceros planos, con momentos bailados de gran belleza, aunque provocaban tensión en el espectador, que tenía que mirar demasiadas cosas a la vez.
Además, me gustó la propuesta, tan teatral por antiteatral. En general, había poco diálogo y mucha narración en tercera persona, en proscenio, directamente a los espectadores: casi siempre era el mismo personaje femenino quien contaba lo que pasaba a cada personaje de la historia... Y eso se mezclaba con canciones muy tristes (que a mí me llegaron, aunque otros decían que eran flojitas). Y puede que cantaran mal (que a mí no me lo pareció, pero mi oído es penoso, lo reconozco), pero contribuían a crear ese "antimusical", nada complaciente, tan antidisney, tan alejado de los que programa la Gran Vía madrileña. El aire popero de la puesta en escena y el vestuario (tan light, tan decadente) permitía todavía un contraste mayor ante las cosas terribles que se decían: la niña prostituta de 14 años, la muert del hijo, los reproches del matrimonio.
Es decir, que me pareció un gran montaje, como se lo pareció al público de Avignon, quizá más acostumbrado a un teatro cubista, donde al espectador le llegan los planos fraccionados, descompuestos, con perspectivas diferentes que luego él debe unir.
Y un texto, por cierto, bellísimo, muy literario, sugerente y evocador. Y hasta un notable sentido del humor en algunos momentos, varios a propósito del crustáceo que da nombre al espectáculo, y que ya vimos que fue lo único mal traducido. Sentido del humor belga que, después de lo visto en esta segunda edición del festival, me da la impresión de que es como su chocolate: mucho mejor cuanto más negro y más amargo.
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lunes 28 de mayo de 2007
CRÍTICA: "Splendids", de Jean Genet
Genet, un autor complejo, difícil, torturado, que siempre coloca a sus personajes en situaciones límite, sin vuelta atrás. Un autor que expía sus pecados en el teatro. Por aquí, sólo Las criadas se ha popularizado. José Carlos Plaza trajo al Centro Dramático Nacional una propuesta extraña, Splendids, que el propio autor rechazó y tuvo que ser Sartre quien reivindicara el texto.
El título es el nombre del hotel donde se han refugiado siete delincuentes de una banda. Atrapados en la última planta, mientras esperan el asalto de la policía, pelean entre sí. Se les suma un policía que ha decidido pasarse al otro bando. Violencia extrema, pues ha sido asesinada la rehén (saber quién lo ha hecho es la intriga de la primera parte). Obra extraña (en mi opinión incohrente) porque, pasada la primera media hora, ningún personaje es lo que parece. El supuesto líder se desmorona; el más duro confiesa su homosexualidad y se jacta de ella; el cobarde acaba siendo uno de los que domina la situación; el loco demuestra cierta cordura... Y con un narrador que apunta acotaciones...
Un ejercicio difícil que no ha tenido éxito de público, a pesar de haber disfrutado de todos los medios posibles. Una escenografía epatante, de unos 14 metros de alto, que ocupaba también un lateral del patio de butacas y que en parte se iba destruyendo conforme avanzaba la acción; iluminación riquísima, un vestuario impecable (la banda ha dado el golpe fallido en frac)... El equipo habitual de Plaza lo borda. Los actores también hacen un esfuerzo titánico: alguno se pasa hasta un cuarto de hora moviéndose sin texto para colocar su frase en un momento dado.
Un esfuerzo ingente, que sin embargo deja frío al espectador. Mucho movimiento para ocultar un texto al que las frases (algunas en exceso filosóficas, en otros casos auténticos enigmas), no deja avanzar, y eso que se siente el final cercano para todos los personajes.
El montaje, en el Valle-Inclán, se disuelve esta semana. Lo mejor, haber podido traer a España un Genet desconocido.
El título es el nombre del hotel donde se han refugiado siete delincuentes de una banda. Atrapados en la última planta, mientras esperan el asalto de la policía, pelean entre sí. Se les suma un policía que ha decidido pasarse al otro bando. Violencia extrema, pues ha sido asesinada la rehén (saber quién lo ha hecho es la intriga de la primera parte). Obra extraña (en mi opinión incohrente) porque, pasada la primera media hora, ningún personaje es lo que parece. El supuesto líder se desmorona; el más duro confiesa su homosexualidad y se jacta de ella; el cobarde acaba siendo uno de los que domina la situación; el loco demuestra cierta cordura... Y con un narrador que apunta acotaciones...
Un ejercicio difícil que no ha tenido éxito de público, a pesar de haber disfrutado de todos los medios posibles. Una escenografía epatante, de unos 14 metros de alto, que ocupaba también un lateral del patio de butacas y que en parte se iba destruyendo conforme avanzaba la acción; iluminación riquísima, un vestuario impecable (la banda ha dado el golpe fallido en frac)... El equipo habitual de Plaza lo borda. Los actores también hacen un esfuerzo titánico: alguno se pasa hasta un cuarto de hora moviéndose sin texto para colocar su frase en un momento dado.
Un esfuerzo ingente, que sin embargo deja frío al espectador. Mucho movimiento para ocultar un texto al que las frases (algunas en exceso filosóficas, en otros casos auténticos enigmas), no deja avanzar, y eso que se siente el final cercano para todos los personajes.
El montaje, en el Valle-Inclán, se disuelve esta semana. Lo mejor, haber podido traer a España un Genet desconocido.
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CRITICA: "Coriolano", por la Royal Shakespeare Company
Una escapada a Madrid para ver algo de teatro, pasearme por la Feria del Libro, ver gente, hacer algunas gestiones y me topo con la Royal, que es mucha Royal, y además con un texto de los que hay pocas oportunidades de ver: Coriolano, el drama del líder militar opuesto a que el pueblo tenga representantes, que tanto gustaba a nazis, fascistas y a estalinistas.
El montaje fue texto (con sobretítulos), voz y luz, puesto que la escenografía no se trajo desde Londres, porque no cabía por la puerta.
Y no hacía falta. El teatro inglés es como otra dimensión, como un nivel especial, que aquí parece imposible alcanzar. Movimiento, ritmo, dicción, expresión, humor... en una puesta en escena sencilla, volcada hacia el patio de butacas. Estaban actores como William houston, Timothy West y Janet Suzman. Veintitrés en total.
Sólo se programaron tres días en Madrid y casi hubo tortas para conseguir entradas. Sueño con que podamos ver algo así en Pamplona.
El montaje fue texto (con sobretítulos), voz y luz, puesto que la escenografía no se trajo desde Londres, porque no cabía por la puerta.
Y no hacía falta. El teatro inglés es como otra dimensión, como un nivel especial, que aquí parece imposible alcanzar. Movimiento, ritmo, dicción, expresión, humor... en una puesta en escena sencilla, volcada hacia el patio de butacas. Estaban actores como William houston, Timothy West y Janet Suzman. Veintitrés en total.
Sólo se programaron tres días en Madrid y casi hubo tortas para conseguir entradas. Sueño con que podamos ver algo así en Pamplona.
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lunes 21 de mayo de 2007
CRÍTICA: "Construyendo a Verónica", de Bramant Teatre
Los 240 afortunados espectadores que habían adquirido entradas disfrutaron entre sorprendidos y admirados de las dos desconcertantes representaciones de Construyendo a Verónica, la obra de los valencianos de Bramant Teatre que ha sido finalista de los MAX de Teatro. 120 espectadores en cada función, sentados en grupos de 8 en torno a una mesa dentro del escenario, para presenciar cómo seis personajes se unían a ellos y les contaban cara a cara, a escasos centímetros y sucesivamente, aspectos de la desconocida protagonista, que había aparecido muerta en una playa.
Una obra de teatro rompedora, que utiliza recursos cinematográficos (el montaje, el primer plano, el vídeo) para atraer al público y que supone un esfuerzo extraordinario para las actrices, que deben repetir seis veces su representación y exponerse a las reacciones a veces sorprendentes del público.
Yo fui de los afortunados que vio dos representaciones (gris y roja), o sea, 12 monólogos en lugar de los 6 que vieron los espectadores, y me quedé con ganas de ver la tercera (azul, que no viajó a Pamplona por problemas de espacio).
La factura formal del espectáculo fue impecable. En la Teatrulia posterior (muy concurrida y animada), su creador, Jerónimo Cornelles, expuso que todo estaba muy pensado y medido: duración de los monólogos, "respiro" musical tras la cuarta interpretación, escenario, luz, diseño gráfico de las mesas, reparto, trabajo interpretativo de las tres directoras (una por color). Es cierto que los monólogos eran desiguales (algunos, excesivamente literarios, con frases que podemos leer con gusto pero que difícilmente pertenecen al lenguaje oral), y que había actrices y actores también con mayor o menor calidad, aunque el nivel general fue muy elevado. Todos salieron de las dos funciones con cara de satisfacción. Es lógico. Toda función teatral de calidad tiene algo de magia y hace sentirse al espectador un "privilegiado" por haber estado allí. Esta propuesta, por su singularidad, multiplica esta sensación.
Un teatro nada comercial, que llega a Pamplona gracias a que existe un teatro público que arriesga con propuestas de nivel, como las que se están exhibiendo en el Festival. Lo sorprendente es que muchos de los espectadores eran los habituales, los de siempre, los que no se pierden nada. Y no por "enterados". Llegaron igual de despistados que otros, porque no sabían bien lo que iban a ver ni la mecánica del espectáculo. Pero es que les gusta el teatro y van a todo.
Los que siempre se quejan, los que protestan de que sólo se programa teatro comercial, los que rehúyen algunas salas porque les parece una programación banal, los recolectores de excusas, no estaban. Ninguno. Muy significativo.
Una obra de teatro rompedora, que utiliza recursos cinematográficos (el montaje, el primer plano, el vídeo) para atraer al público y que supone un esfuerzo extraordinario para las actrices, que deben repetir seis veces su representación y exponerse a las reacciones a veces sorprendentes del público.
Yo fui de los afortunados que vio dos representaciones (gris y roja), o sea, 12 monólogos en lugar de los 6 que vieron los espectadores, y me quedé con ganas de ver la tercera (azul, que no viajó a Pamplona por problemas de espacio).
La factura formal del espectáculo fue impecable. En la Teatrulia posterior (muy concurrida y animada), su creador, Jerónimo Cornelles, expuso que todo estaba muy pensado y medido: duración de los monólogos, "respiro" musical tras la cuarta interpretación, escenario, luz, diseño gráfico de las mesas, reparto, trabajo interpretativo de las tres directoras (una por color). Es cierto que los monólogos eran desiguales (algunos, excesivamente literarios, con frases que podemos leer con gusto pero que difícilmente pertenecen al lenguaje oral), y que había actrices y actores también con mayor o menor calidad, aunque el nivel general fue muy elevado. Todos salieron de las dos funciones con cara de satisfacción. Es lógico. Toda función teatral de calidad tiene algo de magia y hace sentirse al espectador un "privilegiado" por haber estado allí. Esta propuesta, por su singularidad, multiplica esta sensación.
Un teatro nada comercial, que llega a Pamplona gracias a que existe un teatro público que arriesga con propuestas de nivel, como las que se están exhibiendo en el Festival. Lo sorprendente es que muchos de los espectadores eran los habituales, los de siempre, los que no se pierden nada. Y no por "enterados". Llegaron igual de despistados que otros, porque no sabían bien lo que iban a ver ni la mecánica del espectáculo. Pero es que les gusta el teatro y van a todo.
Los que siempre se quejan, los que protestan de que sólo se programa teatro comercial, los que rehúyen algunas salas porque les parece una programación banal, los recolectores de excusas, no estaban. Ninguno. Muy significativo.
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viernes 18 de mayo de 2007
CRÍTICA: "Woyzeck", de Büchner, por Caracois
Una tragedia, quizá la primera de la historia del teatro con un pobre hombre como protagonista: soldado raso, barbero, esquizofrénico, sometido a experimentos torturantes, casado con una prostituta, padre torturado, acosado por las insidias de sus superiores...
Una tragedia sobre los don nadies, sobre los juguetes rotos, que Caracois sube al escenario con sobriedad de medios y un gran trabajo interpretativo, donde destaca un soberbio Juan San Segundo, que da carne al desorientado protagonista con verdad escénica, muy bien secundado por Nerea Bonito. Los otros dos actores se reparten varios papeles diferentes, que resuelven con solvencia. La música de acordeón y percusiones, excelente, subraya los momentos más dramáticos.
Sin embargo, la estrategia del director de poner acentos regionales a los personajes (andaluz en los protagonistas y luego una catalana, una gallega, un vasco y hasta un argentino) provocan las carcajadas del público en momentos en que nada de lo que ocurre es gracioso ni puede serlo. Una estrategia de puesta en escena incomprensible, que resta fuerza a la propuesta en vez de enriquecerla y emborrona el trabajo de conjunto.
Esta apuesta desorientó aún más a un público que ya llegó descolocado, dispuesto a reírse. Un público dominguero, faltón, un punto paleto, que comentaba las jugadas en voz alta (como si estuviera en casa viendo Factor X en la tele) y hasta memo ("Se veía venir", dijo uno en plan filósofo en voz alta cuando Woyzeck mata a su esposa; otra señaló: "ahora la actriz canta", cuando la actriz se puso a cantar, como si su compañera de comentarios no se hubiera enterado). Y un teléfono móvil que sonó nada más comenzar la representación, lo cual es más que lamentable. Da asco. Y sigue sorprendiéndome la facilidad que tienen algunos/as para reírse a la mínima oportunidad. En fin. Quizá una entrada mínima, de 1 euro, por ejemplo, evitaría que se sentasen en el teatro los que van allí a pasar la tarde en vez de optar por el cine, que es donde las personas hoy día comen, hacen comentarios en voz alta y hasta hablan por el móvil con total naturalidad. Así, el público interesado pagaría a gusto por ver el espectáculo en mejores condiciones.
Una tragedia sobre los don nadies, sobre los juguetes rotos, que Caracois sube al escenario con sobriedad de medios y un gran trabajo interpretativo, donde destaca un soberbio Juan San Segundo, que da carne al desorientado protagonista con verdad escénica, muy bien secundado por Nerea Bonito. Los otros dos actores se reparten varios papeles diferentes, que resuelven con solvencia. La música de acordeón y percusiones, excelente, subraya los momentos más dramáticos.
Sin embargo, la estrategia del director de poner acentos regionales a los personajes (andaluz en los protagonistas y luego una catalana, una gallega, un vasco y hasta un argentino) provocan las carcajadas del público en momentos en que nada de lo que ocurre es gracioso ni puede serlo. Una estrategia de puesta en escena incomprensible, que resta fuerza a la propuesta en vez de enriquecerla y emborrona el trabajo de conjunto.
Esta apuesta desorientó aún más a un público que ya llegó descolocado, dispuesto a reírse. Un público dominguero, faltón, un punto paleto, que comentaba las jugadas en voz alta (como si estuviera en casa viendo Factor X en la tele) y hasta memo ("Se veía venir", dijo uno en plan filósofo en voz alta cuando Woyzeck mata a su esposa; otra señaló: "ahora la actriz canta", cuando la actriz se puso a cantar, como si su compañera de comentarios no se hubiera enterado). Y un teléfono móvil que sonó nada más comenzar la representación, lo cual es más que lamentable. Da asco. Y sigue sorprendiéndome la facilidad que tienen algunos/as para reírse a la mínima oportunidad. En fin. Quizá una entrada mínima, de 1 euro, por ejemplo, evitaría que se sentasen en el teatro los que van allí a pasar la tarde en vez de optar por el cine, que es donde las personas hoy día comen, hacen comentarios en voz alta y hasta hablan por el móvil con total naturalidad. Así, el público interesado pagaría a gusto por ver el espectáculo en mejores condiciones.
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viernes 11 de mayo de 2007
CRÍTICA: "Pic-Nic", de Fernando Arrabal, por La Ortiga TDS
Los "gratuitos" del Gayarre siguen teniendo un tirón indudable. Da lo mismo que sea en lunes o dentro del Festival Otras miradas, otras escenas. De nuevo ayer llenazo para ver Pic-Nic, la miuresca descripción de la guerra que escribió en Francia Fernando Arrabal y que está en los antecedentes de las mejores parodias de Gila y su teléfono desde la trinchera. El montaje no defraudó.
Ángel Sagüés, el más brechtiano de los directores locales, en su línea habitual, "retocó" ligeramente la propuesta de Arrabal introduciendo varios "cortes" mudos que interrumpían la continuidad del texto, en los que recalcaba que la guerra no es un juego, que en la guerra se muere, y que el patio de butacas no debía dejarse llevar sólo por la sonrisa de la parodia propuesta. La única pega de su puesta en escena fue que la ausencia brechtiana de climax despistó al público, que por dos veces erró, dio por finalizada la representación y comenzó a aplaudir. A la tercera fue la vencida.
A pesar de esas voluntarias "interrupciones" en el texto de Arrabal, el público rió con esos diálogos aparentemente absurdos (lo absurdo es la guerra, no que cada general diga lo mismo del enemigo) y las respuestas de los dos soldados (el mismo uniforme, el mismo miedo, la misma soledad). Finalmente, todos los personajes acaban "crucificados", en un intento de dejar un mal sabor de boca en el espectador, que captó con claridad el mensaje.
Los actores principales estuvieron en la línea que nos tienen acostumbrados, es decir, muy bien. Txori García da siempre un sentido acertado a todo su trabajo y Ion Iraizoz, hasta ahora en Madrid, es para mí un descubrimiento. Regresa con hechuras de actor. El que Iratxe García y Eneko Otermin representaran personajes muy alejados en edad ayudó a esa distanción, aunque él sigue necesitando más seguridad para no mellar sus textos.
La Ortiga es un grupo en alza. Crece en cada montaje. Y en Pic-Nic se atreven con textos diferentes a los acostumbrados, un campo en el que están obligados a aventurarse.
Ahora sólo queda ver el próximo jueves ese Woyzeck, en principio una propuesta textual y estética muy alejada, pero que Sagüés ha prometido vincular. Allí estaremos para comprobarlo.
Ángel Sagüés, el más brechtiano de los directores locales, en su línea habitual, "retocó" ligeramente la propuesta de Arrabal introduciendo varios "cortes" mudos que interrumpían la continuidad del texto, en los que recalcaba que la guerra no es un juego, que en la guerra se muere, y que el patio de butacas no debía dejarse llevar sólo por la sonrisa de la parodia propuesta. La única pega de su puesta en escena fue que la ausencia brechtiana de climax despistó al público, que por dos veces erró, dio por finalizada la representación y comenzó a aplaudir. A la tercera fue la vencida.
A pesar de esas voluntarias "interrupciones" en el texto de Arrabal, el público rió con esos diálogos aparentemente absurdos (lo absurdo es la guerra, no que cada general diga lo mismo del enemigo) y las respuestas de los dos soldados (el mismo uniforme, el mismo miedo, la misma soledad). Finalmente, todos los personajes acaban "crucificados", en un intento de dejar un mal sabor de boca en el espectador, que captó con claridad el mensaje.
Los actores principales estuvieron en la línea que nos tienen acostumbrados, es decir, muy bien. Txori García da siempre un sentido acertado a todo su trabajo y Ion Iraizoz, hasta ahora en Madrid, es para mí un descubrimiento. Regresa con hechuras de actor. El que Iratxe García y Eneko Otermin representaran personajes muy alejados en edad ayudó a esa distanción, aunque él sigue necesitando más seguridad para no mellar sus textos.
La Ortiga es un grupo en alza. Crece en cada montaje. Y en Pic-Nic se atreven con textos diferentes a los acostumbrados, un campo en el que están obligados a aventurarse.
Ahora sólo queda ver el próximo jueves ese Woyzeck, en principio una propuesta textual y estética muy alejada, pero que Sagüés ha prometido vincular. Allí estaremos para comprobarlo.
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domingo 6 de mayo de 2007
CRÍTICA: Mimirichi y su "Guerra de papel"
El sábado el Teatro Gayarre ofreció un nuevo espectáculo dentro de su Festival. Las Otras miradas, en este caso, era el teatro de mimo. Prometieron un espectáculo de primer nivel, único en su género, y la verdad es que así fue. Un trabajo excepcional de la compañía de tres mimos ucranianos, que utilizan el papel para ofrecer sublimes momentos de humor y de poesía.
El trío juega con los papeles, juega con el público (que entró al instante en sus provocaciones y sugerencias) y ofrece un espectáculo que llega muy rodado, pues miden a la perfección todos los movimientos y situaciones, los sonidos y músicas que refuerzan cada acción (demostraron contar con un excelente técnico) y hasta la forma de ir cortando el telón de papel con el que fueron creando cada número.
La escuela rusa de circo ha sido siempre puntera, quizá porque siempre apostó por lo artístico antes que por el riesgo físico, y sigue siendo la gran cantera de artistas de carpa. Estos tres payasos demostraron todas sus habilidades en mímica, gesto y acrobacia, una maravillosa capacidad de expresión sin palabras, una cintura única para improvisar con los espectadores (la hilarante redistribución de las gafas, la guerra de bolas de papel, el "robo" de prendas y bolsos...), pero sobre todo unas dosis de ingenio tan excepcionales que el público acabó maravillado. La larga despedida final, con esas tres tiras de papel -un folio, un mantel y una enorme tira sucesivamente- recorriendo el patio de butacas fue encantadora.
Un espectáculo excelente, de los que justifican por sí solos el esfuerzo de organizar un festival internacional... Y apenas 350 espectadores en una tarde más bien tonta (no había otras ofertas de ocio de tirón en la ciudad). El público pamplonés sigue algo reticente ante lo desconocido o inhabitual, que llega sin mucha "prensa". Hay un largo trabajo que queda por hacer y el Festival necesita más ediciones para continuar esa pedagogía. Apuesto a que dentro de 5 años, esta compañía vuelve y hay tortas por conseguir una entrada.
El trío juega con los papeles, juega con el público (que entró al instante en sus provocaciones y sugerencias) y ofrece un espectáculo que llega muy rodado, pues miden a la perfección todos los movimientos y situaciones, los sonidos y músicas que refuerzan cada acción (demostraron contar con un excelente técnico) y hasta la forma de ir cortando el telón de papel con el que fueron creando cada número.
La escuela rusa de circo ha sido siempre puntera, quizá porque siempre apostó por lo artístico antes que por el riesgo físico, y sigue siendo la gran cantera de artistas de carpa. Estos tres payasos demostraron todas sus habilidades en mímica, gesto y acrobacia, una maravillosa capacidad de expresión sin palabras, una cintura única para improvisar con los espectadores (la hilarante redistribución de las gafas, la guerra de bolas de papel, el "robo" de prendas y bolsos...), pero sobre todo unas dosis de ingenio tan excepcionales que el público acabó maravillado. La larga despedida final, con esas tres tiras de papel -un folio, un mantel y una enorme tira sucesivamente- recorriendo el patio de butacas fue encantadora.
Un espectáculo excelente, de los que justifican por sí solos el esfuerzo de organizar un festival internacional... Y apenas 350 espectadores en una tarde más bien tonta (no había otras ofertas de ocio de tirón en la ciudad). El público pamplonés sigue algo reticente ante lo desconocido o inhabitual, que llega sin mucha "prensa". Hay un largo trabajo que queda por hacer y el Festival necesita más ediciones para continuar esa pedagogía. Apuesto a que dentro de 5 años, esta compañía vuelve y hay tortas por conseguir una entrada.
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Críticas
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