martes, 27 de octubre de 2009

PEQUEÑAS OBRAS DE GRANDES AUTORES: Thomas Bernhard y la gran mentira austríaca


La gran mentira austriaca

Tengo a Billy Wilder por el más grande director de cine de comedia de todos los tiempos (Sabrina, Con faldas y a lo loco, El apartamento, Uno dos tres, Primera plana). Nació ciudadano del imperio austrohúngaro en 1906, pero salió por piernas de Europa con el ascenso del nazismo y murió norteamericano en 2002. Judío de mirada irónica, quedó marcado por su infancia y juventud vienesas y nunca escatimó elogios a sus primeros compatriotas:

-Son los seres más listos del planeta. Han logrado convencer al mundo de que Beethoven es austriaco y de que Hitler era alemán.

En efecto, la operación de marketing ideada por Austria a partir de 1945 es brillante. Aprovecha la circunstancia de ser el único territorio europeo ocupado pero evacuado por la URSS en la II Guerra Mundial para ofrecerse ante el mundo como paradigma de la democracia, campeón de la neutralidad y foro permanente para el diálogo entre las superpotencias, y en Viena se firman los principales tratados de desarme del siglo XX. En paralelo, promueve su imagen de postal: la “feliz Austria”, pueblo culto y refinado, tan simpático en pantalones tiroleses ofreciendo su exquisito catálogo de vanidades: servicios bancarios y alta tecnología de fiabilidad germánica, repostería excelsa, destino turístico privilegiado y misa diaria ¡cantada! en el paraíso del melómano. Mucho Mozart, Sissí emperatriz, todos a palmear La marcha Radetzky en Año Nuevo y, ahítos, suave digestión con otro inmisericorde pase de Sonrisas y lágrimas.
El invento casi cuela. Será Thomas Bernhard quien se lo cargue, al levantar la alfombra y apuntar las vergüenzas, rasgando el trampantojo delicadamente pintado por la bienpensante sociedad vienesa. Porque lo cierto es que Hitler se anexiona el país en 1938 entre visibles muestras de entusiasmo popular (el partido nazi local tenía casi un millón de afiliados sobre 6 millones de habitantes en 1938), los austriacos contemplan impertérritos la “evaporación” de sus 50.000 vecinos judíos e integrarán los más entusiastas cuadros del III Reich.
Da arcadas recordarlo, pero se mostraron espectacularmente eficientes en todos los trabajos relacionados con el asesinato sistemático de millones de personas por el hecho de haber nacido hebreos, polacos, rusos, gitanos o deficientes, o por reconocerse homosexuales, comunistas o testigos de Jehová. Austriacos orgullosos fueron los administradores de los campos de exterminio de Treblinka, Belzec y Sobibor (Eberl, Stangl y Reichleitner), muchos de los médicos que allí experimentaron con humanos, y alguno de los criminales más sádicos del siglo XX, como Odilo Globocnik, encargado de la “limpieza” de los guetos polacos antes de finiquitar su misión gaseando a los judíos italianos de su Istria natal.
Daba lo mismo que los encargados de la “solución final” fueran hombres ilustrados como Ernst Kaltenbrunner, doctor en leyes por la Universidad de Graz antes de dirigir entre 1942 y 1945 el todopoderoso mando unificado de la Gestapo y las SS que coordinó la “shoah”, que unos mediocres pelagatos, como Adolf Eichmann y Alois Brunner, aunque cruelmente eficientes en la organización de las deportaciones. Joseph Goebbels, el ministro de propaganda nazi, que era muchas cosas pero no tonto, elogia a los austriacos tras la impecable razzia de judíos en Holanda. “Es admirable la formación recibida en el Imperio Habsburgo, que los ha dotado de habilidades especiales para tratar a los pueblos sometidos”, escribe en su diario en 1943. Dirigió la operación en los Países Bajos el Reichskommisar Arthur Seyss-Inquart, el mismo que siendo canciller entregó Austria en bandeja a Hitler cinco años antes. Junto al Kaltenbrunner, fue ahorcado en Nuremberg. Eichmann acabó colgado en Jerusalén. Pero muy pocos compatriotas suyos, ejecutores o cómplices, terminaron sus días de igual forma.
Los austriacos se llamaron a andanas cuando el mundo comenzó a exigir reparaciones. Alegando haber sido un territorio ocupado, remitieron las quejas a Bonn. No les sirvió, claro. No extraña pues que Bernhard se subiera por las paredes y pusiera en boca de sus personajes frases como éstas: “Este país / adonde quiera que miremos / infamia nacionalsocialista y debilidad mental”. “Salzburgo Gmunden Altaussee / no son más que poblachos nazis”. “Los austriacos son un pueblo degenerado / los austriacos odian a los judíos / y más a los que vuelven de la emigración”. “Austria es la comedia más estupenda / que he encontrado nunca”. “Lo que me asombra es que todo el pueblo austriaco / no se haya suicidado hace tiempo / pero los austriacos en conjunto como masa / son hoy un pueblo brutal e imbécil”.

Thomas Bernhard, el provocador

Thomas Bernhard nació en 1931 y falleció en 1989 y no es sólo el mejor escritor austriaco de la segunda mitad del siglo XX, sino el creador contemporáneo que más ha impactado sobre su comunidad de lectores. Para que me entiendan, cualquier creación literaria o cinematográfica hecha en Austria se analiza “a partir de” Bernhard. Todavía hoy, un cineasta vienés que presente una película en cualquier festival del mundo será sistemáticamente interrogado sobre su posición ante Bernhard. En función de su respuesta se le juzgará. El polémico Nobel de 2004 para Elfriede Jelinek lo dejó claro. Sus admiradores decían: “La mejor heredera”; el mucho más numeroso grupo de detractores, también: “Es basura bernhardiana”.
El dramaturgo nació en Holanda de casualidad: a su madre, Herta, le entró un ataque de pánico al quedarse embarazada siendo soltera, huyó y dio a luz en un convento para jóvenes descarriadas. Seguramente aquella reacción es el punto más inexplicable de la biografía familiar, que es todo menos anodina, remilgada o prejuiciada. Anna Bernhard, la abuela del escritor, de la alta burguesía de Salzburgo, fue obligada a casarse a los 17 años con un hombre de 40. A los 21 años abandona a su brutal marido y a los tres hijos que había tenido con él y escapa con un ex seminarista, Johannes Freumbichler, anarquista radical, con quien vivirá en el exilio. El abuelo es capital en la formación de Thomas: le inocula su pasión por las letras y la música y una visión del mundo heterodoxa en un país militarizado por el nazismo. Son recursos que permiten al chico sobrevivir a la tortura del internado nazi, reconvertido tras la guerra en pensionado católico. Vio crucifijos donde antes había fotos de Hitler pero, lúcido, detectó que sólo era un cambio estético: la misma disciplina, crueldad, hipocresía. La misma mierda, dirá. En todas sus obras, Bernhard mimetiza nazismo y catolicismo austriaco. Lo comprobarán hoy en las piezas elegidas por Leyre Arraiza: los dramolettes Un muerto y El mes de María.
El escritor narró su vida en un ciclo autobiográfico excepcional, una joya literaria integrada por El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño (publicado en Anagrama, como casi toda su prosa). Allí describe las peripecias para sobrevivir a los bombardeos aliados, su abandono del instituto a los 15 años, su frágil salud que en absoluto lo convierte en un pusilánime y las estancias en un sanatorio en postguerra que terminarán de conformar su carácter provocador. También describe el regreso a los estudios (música y arte dramático) antes de su dedicación compulsiva a la literatura desde 1957. Escribió 18 novelas, libretos de ballet y ópera, 19 obras de teatro y 10 “dramolettes”, piezas breves que serían sainetes de haber sido más cómicas que vitriólicas. Una suerte que todo su teatro también esté traducido y publicado. Lo encontrarán mayormente en Hiru, la selecta y combativa editorial de Alfonso Sastre.
De su teatro hay poco y mucho que decir. En lo formal, está escrito en verso libre sin signos de puntuación (ni comas, ni punto al final de frase, ni signos de interrogación; los sentidos deben averiguarse por el contexto, lo que sin duda alimenta la creatividad de los intérpretes). Marca magistralmente los ritmos a base de repetición de frases y movimientos. Las acotaciones son mínimas y siempre para expresar acciones (entradas y salidas, coger y dejar objetos), nunca para fijar intenciones. No hay evolución en 30 años: lees sus primeros textos y el último y tienen similar estructura y caracteres. Tampoco hay diálogo, curiosamente, de ahí su teatralidad ambigua. En escena, personajes que monologan, afectados de colitis verborreica. (Por eso, los dramolettes que se escenifican hoy son, a mi juicio, poco bernhardianos).
En sus obras, apenas pasa nada, no hay acción, y subyace la relación poder-sumisión, de ahí que se le haya identificado con el Beckett de Final de partida; y con Jean Genet y Kafka por su descarnada visión del mundo. Una pista a los teatreros presentes en la sala: en bastantes comedias despelleja la profesión. El Gayarre ha programado en las últimas temporadas El hombre de teatro y Maestros antiguos, ésta adaptada de su novela homónima. Una suerte. Él sufrió varias demandas judiciales de personas que se reconocían en sus personajes y, hastiado, prohibió su representación en Austria. Sus paisanos peregrinaban nerviosos a Bratislava, al igual que los españoles viajaban cuando Franco a Perpignan y Biarritz para ver pelis con tías en bolas. Lo mismo hoy en Pamplona. Austria en bolas. Qué morbo.

Víctor Iriarte

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