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martes, 20 de octubre de 2009

La invenció teatre propone La valla este domingo en el ciclo FESTA de la ENT, con entrada a 8 euros a los que espabilen

Os anoto una buena posibilidad de conseguir 4 € de ahorro en una entrada de teatro. El ciclo FESTA-OTOÑO continuará este domingo, 25 de octubre, a las 20 horas, con su segunda puesta en escena, en este caso de la compañía catalana LA INVENCIÓ TEATRE, que pondrán en escena La valla.

El precio de la entrada en taquilla o por la web de la ENT es la de todos los espectáculos de la programación FESTA-OTOÑO, 12 €, pero en esta ocasión existe la posibilidad de comprar una entrada anticipada a lo largo de la semana por el precio de 8 € en IPES (Tejería, 28), Intermón Oxfam (Paulino Caballero, 25) y las sedes de las Ongd que colaboran en las jornadas AL SUR DEL SÁHARA. AFRICA IMPRESCINDIBLE: Alboan, Intermón Oxfam, IPES Elkartea, Médicos del Mundo, Medicus Mundi, Nakupenda África y Proclade.

La obra está programada también dentro de estas jornadas por su temática e interés. Os avanzo algo. El tratamiento de la acción tiene más que ver con los relatos orales de la tradición africana y las piezas sociodidácticas de Bertol Brecht. Naoemé vive con su madre política en un pueblo del mundo pobre del que se han ido todos los hombres. La madre de Naomé tiene una vaca, una cabra, una gallina y un pedazo de tierra que a duras penas sirve para alimentarles. Naoemé está embarazada de tres meses y convence a su madre para que la deje marchar. La mafia del transporte de clandestinos la guiará hasta la frontera que separa al mundo pobre del rico. El precio serán los animales y van incluidos dos teléfonos móviles de la multinacional Comunicaciones Integradas que facilitará el contacto entre la madre y la hija durante su viaje. Pobres estafando a pobres para los ricos de Europa que viven protegidos por una gran verja donde yaces miles de sueños africanos imposibles. (Santiago Fondevilla. La Vanguardia)
Actores: Marieta Garcia, Leonor Zayas, Miquel Àngel Ripeu, Pep García-Pascua.
Autor y director: Josep Pere Peyró
Duración:60’.

ADVERTENCIA IMPORTANTE.
Si la obra estuviese sólo la mitad de bien hecha que la que nos ofreció Teatro de los Andes este domingo, La odisea, ya sería una cosa excepcional. No os digo más a los que os la perdisteis. Sois unos pobres desgraciadicos: ¡vaya nivelazo! ¡vaya nivel de teatro en Bolivia, vaya elenco de actorazos, vaya forma de contar una historia en casi 170 minutos y que se te haga corta, vaya manera de usar recursos con cuatro pesetas y crear tantos efectos, tantos escenarios... En fin, lo dicho. Los que no la visteis habéis tirado un domingo más de vuestra vida a la basura, y van...

Y a los teatreros locales que no estuvieron en la sala, y por tanto no recibieron esa máster class sudamericano, también un aviso: hacer teatro pobre no es hacer teatro cutre, a lo que algunos tan confundidos nos tienen tan acostumbrados.

domingo, 11 de octubre de 2009

Crítica en Diario Jaén publicada el miércoles 7 de octubre y titulada A tono con Tono sobre el espectáculo de Víctor Iriarte


Crítica Teatral/ Miguel Ángel Karames/ 4 estrellas sobre 5

Título: Tono. A tono con el humor del 27/ Espectáculo original: Víctor Iriarte / Dirección: Víctor Iriarte, Antonio Alfonso Jiménez / Intérpretes: Víctor Iriarte y el Aula de Teatro de la UJA/ Lugar y fecha: Aula Magna UJA, viernes 2 de Octubre 2009.

A tono con Tono

“La otra generación del 27”, con este título abría su discurso de ingreso en la RAE el dramaturgo José López Rubio dando así denominación y carta de naturaleza a un grupo informal y más o menos heterogéneo de creadores, fundamentalmente escritores que surgió paralelamente a la denominada generación del 27 y que centró su empeño en la renovación del humor en sus diversas manifestaciones literarias, teatrales, gráficas e incluso en buena medida a través del cine, con el que casi todos tuvieron contacto.

Un nuevo humor que rompería con lo tradicional tanto en el fondo como en la forma y que les situaba en la órbita de las vanguardias europeas. Surgidos a la sombra tutelada de Ramón Gómez de la Serna, recibirían la importante influencia del surrealismo, del ultraísmo, las aportaciones de Pierre Henri Cami; uno de los grandes maestros del humor, así como de las importantes renovaciones estéticas que supusieron en las primeras décadas del s.XX el cubismo, el constructivismo o el dadaísmo.

Jardiel Poncela, Edgar Neville, Miguel Mihura, K-Hito, Antoniorrobles, los hermanos José y Francisco López Rubio y el jiennense Antonio de Lara Gavilán apodado “Tono” forman parte de la extensa nómina de esta generación paralela, que salvo por sus más destacadas figuras, como grupo y capitulo de nuestra reciente historia literaria ha estado pendiente de estudio. Libros como el de Emilio González-Grano de Oro La otra generación del 27 aparecido en 2004 ha servido en parte para compensar este déficit.

El caso del jiennense Tono posiblemente sea el más paradigmático de este olvido. Antonio de Lara Gavilán “Tono” (Jaén 1896-Madrid 1978); autor de comedias, dibujante, cartelista, chistógrafo, caricaturista, periodista, novelista y cineasta, su creación artística y humorística alcanzó reconocimiento mundial, hoy en día es prácticamente un desconocido. No existen investigaciones que hayan sistematizado su obra, buena parte de la cual se encuentra dispersa en publicaciones periódicas como La Codorniz, La Ametralladora, La Esfera, Gutiérrez, El Guante Blanco, y con respecto a su teatro apenas hay ediciones. Afortunadamente contamos para sacarnos del olvido con el empeño del dramaturgo y periodista Víctor Iriarte y de su espectáculo A tono con el humor del 27.

Originariamente fue una producción del Teatro Gayarre de Pamplona estrenada en el 2003 con motivo del 25 aniversario de la muerte de Tono. Ahora nos llega de la mano del Aula de Teatro de la UJA, dirigida por Antonio Alfonso Jiménez, y que además contó con su creador; Víctor Iriarte quien a su amplio conocimiento como especialista en los autores de esta generación une sus dotes como comunicador e intérprete. Una deliciosa conferencia-espectáculo en la que se intercalan las reflexiones sobre Tono con dichos y anécdotas dramatizadas y con escenas de algunas de sus comedias.

El montaje supo captar el espíritu de ese “nuevo humor” cercano al absurdo, dotado de diálogos explosivos y de reacción inmediata, con una marcada tendencia a la subversión lingüística, rompiendo el sentido trillado y los lugares comunes, descoyuntando el lenguaje. Iriarte como conductor de ceremonias estuvo sencillamente genial proyectando una energía que rápidamente contagió a toda la sala. Los componentes del Aula, actores en formación, dieron frescura haciendo gala de un desparpajo natural para la comedia mientras “luchaban” por perfilar los registros y mantener el ritmo lo más ajustado posible. Enhorabuena a todos los implicados en este proyecto que sin duda supo colmar las expectativas del numeroso público que acudió.

Más información en este mismo blog pinchando aquí y aquí.

miércoles, 15 de abril de 2009

Hamlet, de Tomaz Pandur, en Madrid: una pasada


Domingo 12 de abril. Una buena amiga me consigue una entrada a pesar de estar agotadísimo el taquillaje desde hacía semanas, así que sin pensarlo me bajo a la capital (eterno agradecimiento). Matadero de Madrid. Blanca Portillo encarna al personaje de Hamlet y demuestra por qué es la primera actriz de este país. El montaje de Tomaz Pandur impresiona. Público en graderío y actores moviendose por pasarelas de madera en un escenario completamente inundado. El Elsinor más real: húmedo, frío, ingrato...

Una constatación. Algo está cambiando en este país y los actores jóvenes empiezan a darse cuenta que salir en la tele da fama, pero no prestigio ni autoridad. Varios "guapitos" se someten a la tortura de las cuatro horas de montaje y superan el reto. Hugo Silva, Quim Gutiérrez, Félix Gómez, Aitor Luna, Eudardo Mayo, Manuel Moya... no me digais, pero deben ser muy conocidos de los hombres de Paco y gaitas de esas que emiten en la tele.

El montaje imprescindible. La última función, el 12 de abril. ¿Por qué lo comento entonces? Para dar envidia. Está claro.

sábado, 8 de noviembre de 2008

9 horas con Robert Lepage es casi como tocar el cielo

No hay nada como viajar a Madrid para enterarte de lo que pasa en Pamplona. Por ejemplo, de la próxima producción de zarzuela del Teatro Gayarre, para el mes de enero próximo. Será El niño judío, de Pablo Luna, con libreto de Enrique García Álvarez y Antonio Paso, que dirigirá Ignacio Aranaz.

Callejeando por la capital también me enteré de los motivos de la suspensión del estreno de Una patata frita en el azucarero, producida por Global Servicios Culturales, prevista para el pasado sábado 1 de noviembre, y pospuesta para el 28 de febrero del año que viene. Se debió a una cuestión de derechos. No se contaba con el permiso y finalmente se ha solucionado, pero ha imposibilitado el estreno del montaje, en el que estaban anunciados José Mari Asín, Maiken Beitia y Carol Verano dirigidos por Ignacio Aranaz.

Pero lo mejor de Madrid, sin duda, la programación de teatro del Festival de Otoño. El sábado, un buen aperitivo, Sweeney Todd. El barbero diabólico de la calle Fleet, de Stephen Sondheim, un musical gore, sin bailes edulcorantes, muy dignamente montado por el Teatro Español. Lo mejor, ver a unos excelentes protagónicos: Viky Peña y Joan Crosas, dirigidos por Mario Gas. Estará hasta enero, aviso.

El domingo, el gran festin: 9 horas de teatro, con algunos descansos necesarios para asimilar ese tsunami torrencial de belleza y teatralidad. Era Lypsynch, la última dirección de Robert Lepage, seguramente el mejor director de teatro del mundo, con su compañía Ex Machina (canadiense francófona) y Théâtre sans frontières. Entramos a las 13 horas, salimos pasadas las 22 horas y en varios momentos de la función se me saltaron las lágrimas. Es difícil asimilar tanta belleza, inteligencia y emoción.

Más desigual que la antológica La trilogía de los dragones, que vi en 2003, pero plena de aciertos imborrables. Nueves historias que surgen a partir de los 9 actores que se suceden sobre el escenario para dar vida a medio centenar de personajes. Eso sí que es interpretar, otra dimensión, otro país, otro universo. El eje central de todos los textos es la voz, el sonido, los sonidos, las músicas, lo que escuchamos, lo que creemos entender, lo omitido, las voces interiores, la voz doblada, sugerida, pregrabada, las dobles intenciones, la pérdida del recuerdo de la voz del padre, la voz enlatada que surge frenética y fría de las máquinas, los ordenadores, los trenes, los electrodomésticos... Y todo un viaje expectante (¿a dónde nos lleva cada historia?) para finalmente concluir el eje central -esa búsqueda desconcertada de la madre muerta- en una denuncia radical, desasosegante y lúcida de la exclavitud sexual (tema también por cierto sugerido en La trilogía) para descubrir, después de 9 horas de una contundencia, que todavía hay situaciones atroces para las que ni existen palabras ni hay forma de articular sonidos con sentido.

Teatro total: inteligencia plena para usar los recursos técnicos y momentos memorables de pura manualidad teatral. En la fila de glorias, 9 actores/cantantes (que se expresaron sucesivamente en inglés, francés, alemán, castellano...) y 18 técnicos. Han escuchado bien: 18 técnicos trabajando a destajo (¿4 regidores?) para convertir planchas y plataformas en un avión, un tren, un tranvía, un metro, un apartamento, un estudio de radio, un café, una librería, un prostíbulo...
Dentro de 40 años podré decir: "yo lo vi".

Lunes: The Dybbuk, en polaco, compañía Tr Warszawa, una colección de cuentos y anecdotarios semitas, textos de Szymon Anski y Hanna Krall para analizar el mito judío de la posesión de los espíritus, que regresa en forma de tortura mental en el siglo XX para encarnar la opresión íntima y todo el peso de la Shoah, el holocausto, sobre cada superviviente y miembro de esa religión, de esa raza, de esa comunidad. Un elenco maravilloso (demonios, qué actores, qué directores, que composición escénica, qué diferencia con el embutido habitual que tragamos semana a semana), un espacio sonoro magistral y una fusión de historias que denota una sabiduría ontológica de lo que es hacer teatro.

Martes: La omisión de la familia Coleman, el off off Buenos Aires en la sala pequeña del Teatro Español, "fichados" tras triunfar en el Festival de Otoño del 2007. Los que estuvieron en el Gayarre hace dos jueves con Espía a una mujer que se mata (que no llenó, vaya forma en que se ha retratado el público pamplonés, por cierto casi nadie de la profesión, así nos luce luego) saben la clave de la obra: ocho actores, algunos jovencísimos en edad, que no en profesionalidad, para una obra dirigida por Claudio Tolcachir con una base de partida: una familia en el límite de la indigencia y en proceso de desintegración. Memorable: qué manera de hablar, moverse, interrumpirse, superponerse, cacarear, sin dejar en ningún momento de transmitir una sensación de limpieza y precisión, un mecanismo de relojería total y una lección: no es lo mismo escenificar el caos que hacer caótica una escena, que es lo que se lleva. Aquí es imposible, no hay material humano ni talento para condensar un tipo de teatro así.

Pues eso. Dando envidia. Disculpad.

domingo, 8 de junio de 2008

CRITICA: Incendies, de Wajdi Mouawad por le Théâtre Abé Carré Cé Carré de Quebec, en el Español de Madrid

Una amiga que trabaja en el Teatro Español (hoy es mucho más amiga) me mandó un mensaje al móvil el domingo pasado: "Incendies es impresionante, no te lo puedes perder, la gente sale emocionada". El viernes recibí otro de otra persona: "Si pasas por Madrid no dejes de ver Incendies en el Español". Les hice caso. Saqué una entrada y la ví ayer sábado.
Un dato: es la primera vez que veo a todo el público del teatro, a todo, de pie aplaudiendo al acabar una representación sobrecogedora, que concluye con los personajes bajo la lluvia y un silencio desolador. Aplaudiendo de pie durante 5 minutos.
Otro dato: salí anonadado, sin poder hablar durante media hora.
Otro dato: es uno de los montajes mejores que he visto en mi vida. Y he visto algunos.
El autor y director es libanés y está afincado en Canadá. Wajdi Mouawad. Vive en el Quebec, el de Lepage, el mismo espacio donde ya es evidente que se está haciendo el mejor teatro del momento.

La historia: un testamento que se abre y dos gemelos, chico y chica de 22 años, que acuden al notario a escuchar las últimas voluntades de una madre a la que aborrecen, la emigrante de Oriente próximo a la que apenas han visto en años. Un prosaico reparto de las propiedades y unas indicaciones precisas del entierro: en tierra, desnuda y boca abajo, sobre el cuerpo se verterán tres cubos de agua y se colocará una lápida sin nombre. "Las personas que no cumplen sus promesas no merecen un nombre en su lápida". El notario saca una bolsa con el resto de la herencia: una chaqueta con el número 72 a la espalda para ella, un cuaderno para él y dos sobres cerrados, que ella debe entregar a un hermano (desconocido para ambos) y él a su padre (al que no conocen y creían un héroe de guerra muerto). Cuando cumplan su encargo podrán colocar a la madre su nombre árabe en la lápida. Los gemelos escupen sobre la decisión y se largan...

Pero regresan, recogen sus sobres y comienzan la búsqueda de sus orígenes, de sí mismos y de su reencuentro con la madre que vivió 5 años muda, que nunca les habló de su pasado, que vivió toda la vida pendiente de los juicios a los criminales de guerra. Y descubren la guerra (del Líbano, de Oriente Medio, no se cita ni un sólo país, pero sabemos de qué estamos hablando). Los refugiados que invaden el país desde el sur, la tensión, los primeros enfrentamientos, las milicias, los asesinatos en masa, las violaciones, las cárceles que son campos de exterminio...
Y la madre en medio. Unas grabaciones, unas fotos antiguas y el testimonio de quienes la conocieron. Una historia de amor con alguien de otro clan, un hijo nacido y robado, una búsqueda del hijo en medio de la guerra, las matanzas, los crímenes impunes, los niños reventados contra las paredes, las mujeres quemadas vivas...

Y los hermanos se reencuentran con su pasado, conocen a su padre y conocen a su hermano. Y el resultado es sobrecogedor.

Tres horas de teatro puro: en el escenario, cuando más, 8 sillas: una pared de cristal al foro y mucha agua, para contar la historia de un país donde no llueve nunca, donde la infancia es "un cuchillo al cuello", como reflejan las marcas de las tres actrices que interpretan a la madre joven, a la adulta que trata de frenar la barbarie de sangre de esa tierra y la anciana que acude a declarar al Tribunal Penal Internacional ante su torturador y violador, que vuelve a reirse de ella. Teatro puro, donde no hay un sólo objeto que no tenga un sentido, que cada vez que se conoce es más desolador: la nariz de payaso que la parturienta dejó entre las ropas del niño antes de que se lo arrebataran porque era el único regalo que recibió del amor de su vida; el número 72, el de "la presa que canta", sistemáticamente torturada y violada por el "señor" del campo de concentración, el cuaderno dejado en testamento, el porqué de no ir nunca en autobús, los sobres...

Nueve actores excepcionales para una treintena de papeles diferentes, una dirección excelsa, que sabe contar las historias paralelas que se van cruzando en el escenario con una sabiduría infinita y un cuerpo, el de los espectadores, que recibe un puñetazo tan poderoso y total en el estómago que te impide hablar.

Hoy es la última representación. Si alguien de Madrid lee esto, que entre en Internet, reserve su entrada (si quedan) y vaya a verla. Ya. Sin falta. Se representa en la jerga hablanda en el Canadá francófono tan difícil de seguir y con sobretítulos. Que lea, vea y sienta. Le cambiará algo por dentro.

jueves, 22 de mayo de 2008

Críticas completas del estreno de Zarraberri, de Maite Pérez Larumbe, y Limbo, de Víctor Iriarte, en la prensa escocesa



Maite y Víctor posan en Glasgow con la torre de la antigua abadía donde se ubica el teatro Òran Mor al fondo.


Periódico METRO
Zarraberri / Limbo
Alan Chadwick
(calificación: 4 estrellas sobre 5)

Traducidas por Chris Dolan, estas dos obras provenientes de Pamplona son una gozada cómica.
Zarraberri, de Maite Pérez Larumbe, es una historia de una situación rara en una pequeña población. El gestor cultural de la gran ciudad que interpreta John Kazek está desesperado por colocar el proyecto arquitectónico que debe vender a toda costa, y piensa que ha cumplido su misión con éxito cuando lo ha “vendido” a un alcalde paleto para darse cuenta después que ha sido engañado como un chino.
En la obra Limbo, de Víctor Iriarte, un informático recientemente fallecido (otra vez John Kazek) ve cómo su vida va siendo evaluada como si estuviese haciendo una declaración de la renta, para decidir si va a entrar por las puertas doradas o va al fuego eterno. Las excelentes interpretaciones de Kazek, Ros Sydney y Simon Scott y algunos golpes cómicos de gran efecto proporcionan a ambas obras cortas más efectividad de la esperada en un principio.

Periódico The Herald
Neil Cooper
(Clasificación: 3 estrellas sobre 4)

Las traducciones de Chris Dolan de dos piezas cortas españolas se han convertido en un plato excepcional del ciclo “Pieza, pincho y pinta” de sesiones teatrales a la hora de la comida.
Estas no han sido particularmente subrayables: son más una sucesión de chistes que unas obras de sustancia, aunque ambas, cada una a su manera, muestran una profundidad satírica dentro en lo que es esencialmente un subtexto absurdo.
Zarraberri, de Maite Pérez Larumbe, presenta al burócrata de la gestión cultural de escaparate Alfonso intentando plantar un centro de visitantes en forma de cono en un pueblo del tres al cuarto en un esfuerzo vano de ingeniería social. Generalizar la cultura, crear centros de arte singulares, ustedes ya saben la historia. Haciendo una presentación como un bien ensayado participante en el concurso televisivo El aprendiz, Alfonso aspira a crear una locura urbanística del tamaño de una catedral, pero el alcalde local, interpretado por Simon Scott, y su hija, interpretada por Rod Sydney, tienen otras ideas. Lo que sigue es un discurso irónico sobre idioteces burocráticas que, haciendo un pequeño guiño a la arquitectura española, es infinitamente más potente que los imbéciles que gestionan estas actividades.
Limbo, de Víctor Iriarte, nos muestra a John Kazek compitiendo con argucias contra Ross Sydney y Simon Scott todavía más. Esta vez su nombre de pila es muy apropiadamente Ángel, un hombre que intenta entrar en el cielo, pero que primero debe pasar por un sistema de puntuación burocrático.
Un tercio de pesadilla kafkiana, un tercio de comedia de situación al estilo de Alan Bennett, un tercio de farsa mágico-realista, su temática sobre la vida y la muerte es más un sketch alargado que una obra completamente definida.
La producción de Rosie Kellagher obtiene lo mejor de ambas obras. Ambas abren con escenas sin palabras y hace navegar a Kazek, Scott y Sydney por este par de mini comedias de situación agradables y ligeras con un discreto encanto. Sin embargo, tienen una cierta perversidad más allá de la comedia y ambas muerden donde más duele.

Crítica completa en inglés pinchando aquí.

Periódico The Scotsman
Arando la fértil tierra de la memoria.

Joyce McMillan
(calificación: 3 estrellas sobre 5).

Pensemos lo que pensemos de la doble entrega de Oran Mor de esta semana, no podemos acusar a estas dos ultra cortas obritas de “Pieza, Pincho y Pinta” venidas del teatro hermano de Pamplona de mirarse al ombligo. Traducidas del español por Chris Dolan, tanto Zarraberri como Limbo se zambullen directamente en temas de actualidad de la vida y política de España.
En Zarraberri, de Maite Pérez Larumbe, es el mundillo hilarante de la regeneración local gracias a las artes. Aquí, un comercial de una empresa de gestión cultural, tratando desesperadamente de colocar un edificio emblemático con forma cónica que ya ha sido comisionado y pagado, es embaucado por un alcalde de pueblo y su paleta asistente, los cuales no le hacen ascos a explotar su identidad regional y su lenguaje -o de presentarse como más aldeanos de lo que en realidad son- con el fin de conseguir el aparcamiento subterráneo que es lo que realmente quieren.
En Limbo, Víctor Iriarte ataca sin piedad a la cada vez mayor distancia entre la España moderna y la iglesia católica, presentando a su héroe, Ángel, que intenta desesperadamente negociar su entrada en el cielo, con la ayuda de un par de trabajadores de las oficinas celestiales cuyos esfuerzos para enviar almas muertas al destino correcto es frustrado una y otra vez por decisiones gerenciales idiotas, impresos mal rellenados y sistemas informáticos obsoletos.
Las producciones de Rosie Kellagher tienen problemas, en ocasiones, para tocar la nota exacta de insanía urbana relajada; a veces, en la función del lunes parecían un poco aceleradas. Pero John Kazek, Simon Scott y la excelente Ros Sydney parecen recibir energía de la malicia intencionada de ambas propuestas; y para el final de la semana esta explosión de satira posmoderna europea habrá posiblemente madurado para convertirse en unos grandes 50 minutos de hilarante aperitivo del mediodía, no solamente ocurrente, sino inteligente.

Crítica completa en inglés pinchando aquí.

domingo, 30 de diciembre de 2007

CRÍTICA: "Alí Babá y los cuarenta ladrones", por la Ópera de Cámara de Navarra

Última creación de la Ópera de Cámara de Navarra, el proyecto impulsado por Pablo Ramos hace cuatro años, que sigue creciendo. Alí Babá es sin duda el mejor de los montajes realizados hasta ahora y supone un escalón superior en esta empresa de hacer ópera para todos los públicos surgida en Navarra y que está empezando a rodar fuera de la Comunidad Foral.
Escalón superior porque es una ópera nueva, escrita y musicada hoy, con lo que el repertorio escasísimo para público familiar crece y puede ayudar a su comercialización, siempre difícil. También por el esfuerzo palpable de la gerencia profesional, que ha conseguido un co-productor (ABAO de Bilbao) y mejores posibilidades de comercialización.

Pero hay mucho más, en aspectos estrictamente escénicos. ¿Por qué esta notable mejoría? En primer lugar, por la música de Iñigo Casalí, con bellos momentos mozartianos (donde muestra su dominio de la composición musical) y otros (quizá los más pegadizos) mucho más cercanos al musical de Broadway, y no lo digo como demérito, pues fueron excelentes. En general, lo mejor musicalmente lo ofrecieron todos los momentos cantados por el coro de 23 niños, magnífico en afinación, sentido musical, movimiento escénico y dicción.
Por supuesto, también excelente la orquesta de 17 músicos, bien dirigida por Vicente Egea. Y las coreografías de Becky Siegel, exigentes y bien bailadas por los dos "duendes", muy alejadas de los pasos ramplones que se veían en las coreografías de anteriores montajes.

Pablo Ramos sigue creciendo como director de escena: va olvidando la barroquización de sus inicios, que afeaba y desequilibraba sus montajes (recargados, llenos de aspectos gratuitos y de una constante necesidad de "demostrar" lo mucho que se sabe hacer, de en definitiva hacer evidente la dirección de escena), y ofrece ahora una línea de dirección alejada de la ampulosidad, basada en movimientos sencillos, escenas de grupos bien distribuidas, entradas y salidas más lógicas... Gracias a eso, el espectáculo gana en claridad y, sobre todo, llega mejor al público la historia que ha dramatizado con originalidad y talento Pablo Valdés.
(También he agradecido la casi ausencia de un recurso que me irrita, aunque reconozco que tiene mucho de manía personal y creo que persecutoria: ojalá se terminen de una vez en los montajes para público familiar los paseítos de los personajes por el patio de butacas durante la representación, recurso gratuito, incoherente, falsamente moderno, ventajista y chabacano que denota en el creador una falta de confianza en su capacidad de captar la atención o de crear momentos de tensión en el escenario y, las más de las veces, un escaso conocimiento dramaturgístico y del teatro que se está representando).
Da la impresión también de que en Alí Babá el trabajo de escenografía, iluminación y figurinismo ha estado más conjuntando con la dirección que en anteriores montajes, donde no siempre se remaba para el mismo lado. Por eso mismo, subrayo que el principal mérito de Ramos sigue siendo el de haberse convertido en un "producer" de primer orden, auténtico mánager general con capacidad de convocatoria, captación de recursos, organización de grupos y de compaginar intereses diferentes (cantantes, niños, músicos, escenógrafos). Está dotado de una autóritas que el montaje, perfectamente ensayado, sin errores visibles, transmite en todo momento. Una figura, ésta del productor, de la que andamos escasos en Navarra, además.

Pocos peros a este montaje: quizá lamentar que los bailes de los duendes no estén incorporados a la acción (aunque embellecen las transiciones, por lo visto no estaban en el libreto original y se notan superpuestos a la narración). También ganaría el montaje si Íñigo Casalí tuviera algo más de sentido "dramático" en la secuenciación de la ópera. Ello evitaría que el tema del malvado se cantase en el minuto 40 de la representación y no al principio. Convendría por tanto una reordenación (y seguramente la repetición) de algunos números musicales. Los personajes, de hecho, no se presentan en las primeras páginas y quizá se confía en exceso a la lectura del programa de mano o al conocimiento generalizado del cuento, lo que en mi opinión es un error. El montaje debe entenderse por sí mismo.
En este sentido, yo apuntaría también la necesidad de dotar a estas óperas-musicales de un tema principal, melódico, pegadizo y brillante, que se repita en varios momentos de la obra. No es problema para Casalí, porque ya los ha creado: en Alí Babá existen varios que podrían hacer esa función.

El espectáculo ganará con nuevas representaciones y apuesto a que va a tener una larga vida. Quizá el salto siguiente de Ópera de Cámara de Navarra lo aportará el propio mercado, y estará relacionado con el presupuesto y la ambición, cuando los personajes principales estén interpretados por cantantes profesionales, con voces más potentes, que pasen sin dificultades el foso de la orquesta. Lógicamente, tendrán que tener mayores cualidades interpretativas que los actuales, voluntariosos y entregados, pero limitados, aunque deberían continuar en el proyecto porque tienen capacidad para defender con solvencia partiquinos en un montaje de mayor dimensión. Ojalá veamos pronto en el escenario del Teatro Gayarre esa nueva cota alcanzada por este elenco que ya se ha hecho imprescindible en Navarra y se ha convertido en uno de los mejores regalos de Navidad.

CRÍTICA: "Las bizarrías de Belisa", por la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico

Debutó la Joven Compañía este año, en el Festival de Almagro. No ha parado de actuar desde entonces, y no me extraña, porque el estreno ha sido a lo grande. Eduardo Vasco, director de la CNTC, se arremangó en la primera producción y firmó la versión y dirección de Las bizarrías de Belisa, de Lope de Vega, un texto sobre amores entre jóvenes (como casi todos los de las comedias áureas). Pude verla finalmente el pasado 22 de diciembre, en Madrid.
Me pareció excelente el trabajo del joven elenco, todos con un mínimo común muy elevado, tremendamente profesional. Catorce actores muy bien preparados para el verso y la acción, que no desentonarían en ningún montaje privado o público. Vasco utiliza un piano romántico en el centro del escenario prácticamente toda la función y su música pone ambiente a los mejores momentos. Doce sillas decoradas individualmente (que según la disposición se convertían en fachada, interior, carruaje), y nada más que iluminación y sonidos para crear todos los ambientes, dando todo el protagonismo al texto y al actor. Como se hacía en los patios de comedias.
La función, en el Teatro Pavón, prácticamente a teatro lleno.
Un espectáculo esperanzador, para una iniciativa necesaria: ojalá pasen muchos jóvenes actores por esta compañía, curso de dicción de verso incluido, y extiendan el gusto por el teatro clásico como una mancha de aceite.

domingo, 2 de diciembre de 2007

CRITICA TEATRAL: "Habilidades sociales", de Javier de Dios, por La Barca Teatro en la Sala Itaca de Madrid

Habilidades sociales podría subtitularse "o de cómo cagarse en Jorge Bucay y en todos los dementes que leen sus libros de autoayuda sin partirse el bazo de la risa por las memeces que suelta con frases pomposas y huecas escritas con ínfulas de ensayista". Se exhibe hasta el 9 de diciembre en la Sala Itaca de Madrid, a ls 20:30 horas de jueves a domingo. No se la pierdan.

Nadie al que le guste el teatro debiera perdérsela, repito, y no sólo ante la apática cartelera de Madrid, sino porque es una obra excelente de un autor importante, Javier de Dios, quien el año pasado ganó el Euskadi de Literatura por su anterior texto teatral, Comida para peces (primera vez que se entrega este premio a una obra teatral y primera vez a un no vasco). Comida para peces, una obra sobre el mobbing en las empresas, sin concesiones, sin finales redondos... ya ven por dónde va el autor.

Habilidades sociales no precisa mas que de una jaula de cristal y cinco asientos por toda escenografía. Una pecera de lujo que la iluminación demuestra no ser tan transparente como nos pensábamos. Cuatro personas acuden a una sesión de autoayuda, a mejorar su autoestima, a ganar confianza, a controlar los impulsos, inteligencia emocional, ya conocen, toda esa basura... Cuatro seres aparentemente grises, como la escenografía, como su vestuario, como su vida, dirigidos por una terapeuta de preocupar, una cantamañanas cuyo pelo rojizo pone la única nota de color en todo el escenario. Una profesora incapaz de imponerse al alumno que la humilla a diario, una víctima del mobbing, un licenciado que no soporta las entrevistas de trabajo para empleos de mierda ni siquiera mil euristas y un actor que no actúa (sobre el escenario).
No quiero desvelar mucho más, pero allí nada es lo que parece del todo, y no todo el que lo pide necesita esa ayuda. El autor, que escribe de forma brillante y dirige con pasmosa facilidad escenas complicadísimas donde se requiere ritmo y limpieza, aunque todos hablen a la vez, es perfectamente consciente de que en este tipo de entrenamientos de la emoción subyace una profunda carga ideológica, que además es inmoral: te ayudan a adaptarte a la sociedad en la que vives, a superar la mierda en que determinados comportamientos te envuelven en vez de cuestionarlos, luchar por cambiarlos, por combatirlos, por ponerlos en evidencia. Nunca lo expresa abiertamente Javier de Dios, su escritura es finísima, pero cada uno de los peronajes, en el fondo, lo está expresando con gestos, con silencios, con medias verdades, con sus happenings en sesiones cada vez más claustrofóbicas.

Esa es otra. La Barca teatro son cinco actores de primer nivel que llevan juntos más de una década trabajando en ditintos montajes. La conexión entre ellos y con el director es brutal. Y se nota. Es imposible si no una representación tan cerrada, tan perfecta, tan encajada como un cubo de Rubick, sin una fisura, se muestre ante el público con una apariencia tan improvisada, tan informal. Como no salen el teleseries ni encabezan repartos en los teatros nacionales, es de justicia poner sus nombres: David Díaz, Juanma López, Ramos López, Esther Ramos y Jorge Cachero.

No se la pierdan. Sala Ítaca. 12 euros. Metro Palos de la Frontera. El nombre del suburbano a tono con Habilidades sociales: una obra fronteriza, sobre ciertos límites que deberíamos atrevernos a cruzar, que da un soberano palo en la boca del estómago a tanta farfulla, a tanta psicología de baratillo para marujas y manolos. Y a tanto teatro sin ambición.

sábado, 6 de octubre de 2007

CRÍTICA: "El reverso del verso", de La Trova

La Trova estrenó ayer, viernes, su séptimo espectáculo, El reverso del verso, en la línea de los seis anteriores: una serie de esqueches sin un hilo temático muy definido interpretados por cuatro músicos y cantantes, en la línea del humor inteligente de Les Luthiers.

No pude ver el anterior espectáculo, que todavía sigue en cartel, y que pasearon durante años con éxito por escenarios profesionales (Barcelona y Madrid, pero también otras muchas ciudades españolas) y creo que no les había visto en los últimos cinco años. La impresión es curiosa: salgo de verlos con idéntica imagen con la que dejé la ENT cuando estuve en su debut, en 1992. Entonces participaba en un jurado local y propuse (y votamos) premios al mejor guión y mejor música.

¿Por qué esta impresión idéntica? Porque los componentes de La Trova siguen haciendo muy bien lo que ya sabían hacer muy bien cuando empezaron esta aventura y siguen arrastrando las mismas deficiencias y carencias de las que adolecían entonces. Por eso el resultado del espectáculo deja más que satisfecho a un espectador y crítico como yo, porque tiene enjundia y calidad, pero uno siente la sensación de que podría dar mucho más de sí. Trataré de explicarlo.

El reverso del verso está anunciado como una recreación/adaptación/modernización de un auto sacramental con el esquema de diálogo alegórico entre el Autor, la Cultura, la Vida misma y la Cultura. Un hilo conductor endeble porque está interrumpido por una serie de números que nada tienen que ver con ese propósito inicial. Pero da igual, porque cada fragmento tiene muchos valores en sí mismos y su intercalación ofrece ritmo y nuevas oportunidades de reír. Los momentos "calderonianos" del texto de Javier Horno son por momentos magníficos (bien rimados, con gracia, elegantes) y demuestran que conoce mejor que bien el referente. Algunos esqueches tienen brillantez, como el monólogo sobre el estado actual de la enseñanza en este país (también Javier sabe de lo que habla como profesor de instituto) o la parodia de los programas televisivos sobre estrenos cinematográficos y la traducción de las declaraciones de los protagonistas de la película. La crítica desde una ideología conservadora al progresismo (de la canción protesta, de algunas actitudes) también es fresca y novedosa, porque no abunda en los escenarios. Hilarante también el recital de música clásica y, especialmente, la presentación previa de esa sonata interrumpida (quizá el momento cómico más marcadamente "Luthier" de todo el espectáculo). Y el bis, por supuesto, el doblaje de una película de dibujos animados que recupera un estilo muy aplaudido de espectáculos anteriores. Lo peor para este crítico son las interrupciones publicitarias, por tópicas y poco imaginativas (porque uno siempre espera -iba a escribir exige- del guionista más chispa, productos comerciales más actuales y menos situaciones manidas).

También excelente, como en el 92, la música (en este caso de Máximo Olóriz); las interpretaciones musicales de los cuatro componentes de La Trova y también el dominio de muy distintos instrumentos. Por supuesto, la facilidad para la imitación de voces y acentos de los cuatro componentes del grupo, así como la evidente vis cómica de Javier Sanjulián y Manuel Horno.

Pero La Trova sigue arrastrando las carencias de siempre, quizá porque exigirían una preparación específica intensa en tiempo y formación que ni pueden ni tampoco quieren realizar. La más fácilmente salvable es que, como actores, los cuatro tienen evidentes limitaciones que disimulan muy bien cuando trabajan números musicales pero que quedan al descubierto en determinados momentos. Por ejemplo, cuando hablan todos a la vez y no consiguen evitar proyectar un sonido sucio (no ayuda, claro, el que actúen con micrófono también en los momentos no cantados, a mi juicio, un error de concepto del espectáculo). Además, cuando tienen que moverse por el escenario, porque les sigue faltando soltura. Y en algunos esqueches donde hay que interpretar, porque cuando se ponen "en actores" acaban siempre engolando sus diálogos, lo que da un punto artificioso a lo dicho y acaba provocando monotonía. Un ejemplo claro de lo dicho es Javier Horno, que intenta dar sentido, pausa y criterio a cada una de sus frases con un esfuerzo notable, pero su cuerpo, sin que él se dé cuenta, le acaba introduciendo la cabeza entre los hombros. Lo curioso es que cuando se olvida de "actuar", en el monólogo sobre el profesor y los alumnos de hoy día, es cuando mejor está en todo el espectáculo.

El problema de La Trova sigue siendo la falta de un director solvente, papel para el que Javier Horno carece de recursos, por muy claro que vea en el papel las situaciones que escribe. De haber contado El reverso del verso con un buen director de escena, no se hubiera tolerado nunca la iluminación exhibida, absolutamente penosa, que deja en semioscuridad en varios momentos a los intérpretes y en ni un sólo caso logra acompañar ni crear el ambiente adecuado a cada historia que se cuenta. Un director profesional hubiera modificado la disposición de las sillas e instrumentos en el escenario y hubiera aprovechado mucho mejor el espacio. También habría mejorado algo la interpretación de los cuatro integrantes de La Trova, digo yo, y sobre todo hubiera reordenado los esqueches, para que el espectáculo hubiera ido de menos a más hasta culminar en un final vibrante (en vez de producirse el bajón a que está abocado el espectáculo con la actual ordenación). Si además logra evitar las transiciones entre número y número (que son el auténtico talón de Aquiles de sus espectáculos), la obra hubiera lucido muchísimo más redonda. La Trova lo merece.

CRÍTICA: "El humo azul", de Iñaki de Miguel

Iñaki de Miguel, veterano actor y hombre de teatro navarro, pasó por El Apuntador la temporada pasada para presentar El humo azul en el ciclo municipal Teatro de aquí, pero no pude verlo en ese momento, por la hiperinflacción de programación de la primavera y líos de trabajo. Pude asistir a una representación el pasado miércoles y en un marco especial y tremendamente apropiado, la sede de la ONCE, en un pase especial para personas ciegas y sus acompañantes.

El humo azul parte de los recuerdos y vivencias de Iñaki de Miguel de los primeros años de su vida en un pueblo de la montaña navarra, Burgui, en el valle del Roncal, pero pasado por el tamiz de la poesía y el humor. Iñaki traslada con acierto el hecho de que todos los seres humanos somos exiliados, unos proscritos de nuestra infancia. Más en este caso, porque aunque De Miguel no llega a la cincuentena, habla de un mundo rural que, en esencia, ya prácticamente ha desaparecido: la escuela comunitaria, la radio de galena, jugar todo el día en la calle, el monte como traspatio de la casa, el viaje a la capital como gran acontecimiento porque permite ir a Casa Unzu a comprar la ropa para el año siguiente... El humo azul del título hace referencia al color que la mezcla de la chimenea encendida en días de niebla producía en un pueblo donde el frío era un acompañante fijo diez meses al año.

Iñaki de Miguel, con la dirección de Ángel Sagüés, ha conseguido crear un gran espectáculo teatral a base de anécdotas, vivencias, recuerdos y emociones, en el que el violonchelo se constituye como un personaje más con el que dialoga, y la violonchelista (Eva Niño) en un tercer acompañante muy activo en un viaje a un pasado conducido por el sentimiento. Un espectáculo bien medido, donde se combinan distintas historias cotidianas cuyo componente mágico (la mirada del niño) sabe transmitir muy bien De Miguel a los espectadores. Un espectáculo que gana en intensidad y alcanza su momento cumbre con los poemas que recuerdan la mano del padre y, después, la mano del hijo. Tres generaciones, tres mundos, unidos por la complicidad del actor.

Un espectáculo para ver con los cinco sentidos. Los asistentes, casi medio centenar, pudieron durante la media hora previa charlar con el autor y "tocar" los objetos que componían la función: maletas viejas, la pesada llave de la iglesia, la pelota para jugar a mano en el frontón... y escuchar el cornetín, la campanilla del monaguillo... Los aplausos, intensos, obligaron a Iñaki, Eva y Ángel a saludar tres veces, demostrando el éxito de la función. En realidad, el éxito se transmitió al escenario desde el primer minuto, porque los incansables comentarios en voz alta durante toda la representación, tan molestos en otros espacios teatrales, fueron aquí la prueba evidente de la conexión que existía con el patio de butacas.

domingo, 23 de septiembre de 2007

CRÍTICA: "Móvil", de Sergi Belbel, dirigida por Miguel Narros

Sábado en el Auditorio de Barañáin. A pesar de la "sequía" teatral del fin de semana pamplonés (sin programación a la vista en Gayarre ni Baluarte), apenas un tercio de la sala ocupada, atraída por la cabeza de cartel, María Barranco. La obra es un cúmulo de buenas ideas e intenciones que no termina de cuajar y deja más bien fríos a los espectadores. La culpa es fundamentalmente del texto. La propuesta es interesante y diferente a la anunciada: dicen que los humanos cada vez hablamos más, pero nos comunicamos menos y a eso ayudan las nuevas tecnologías. Pero no. Según el texto de Belbel, los teléfonos móviles son la mediación perfecta para atrevernos a decir lo que no podemos mirando a los ojos. El juego medianamente humorístico de la obra es que cuando de verdad cantamos las verdades del barquero a pecho descubierto las escucha un extraño. Lo que crea un juego sugerente de relaciones.
El problema de Móvil es que el autor no tiene claro si su obra es comedia o drama y eso lastra la dirección e interpretación; además, habla de un atentado terrorista en un aeropuerto como golpe de efecto pero no lo desarrolla ni aporta nada a la trama y, lo peor de todo, escribe situaciones y reacciones francamente inverosímiles para los personajes, lo que obliga a los cuatro actores a estar todo el rato un punto exagerados y gritones, para intentar hacer creíble desde las vísceras lo que leído suena acartonado. Además, empiezan todos "en alto", chillones, nerviosos, enfadados, histéricos. Son cuatro personas en crisis: madre abandonada y depresiva que ha intentado suicidarse se despide de hija para hacer un viaje de placer que no va a disfrutar; hija a la que el novio acaba de abandonar y tiene un complejo de Electra que no se lo pesa; ejecutiva agresiva excéntrica, dominante y zafia que dialoga con su amante, un joven gigoló (que no es tal, veremos luego: ella es viuda y él su hijo insatisfecho y dominable). El chaval también acaba de dejarlo con su novia. O sea, emipiezan todos a cien y la tensión no puede crecer durante los 110 minutos (veinte de ellos eternos) que dura la función. A los cuatro actores, todo hay que decirlo, se les notaron cualidades evidentes, pero sufren en la camisa de fuerza que suponen sus respectivos papeles.
La escenografía es "muy D'Odorico", muy Narros. Espacio limpio, elevado, doble calle al foro creada con paneles móviles y cuidada iluminación, que estropearon los técnicos de la función durante sus primeros veinte minutos. Estos también fueron culpables de los problemas de sonido. Casi toda la obra está presidida por ruidos de fondo (aeropuerto, sala de espera, calle, sirenas, tráfico, hall de hotel, músicas) que sonaron muy elevados, dificultando la escucha de los personajes incluso en la fila diez.

sábado, 8 de septiembre de 2007

CRÍTICA: "Baraka", un excelente trabajo de teatro actual

Baraka, la obra que el productor y actor Toni Cantó ofrece hoy sábado en el Teatro Gayarre, y que recomiendo vivamente que todo el que lea estas líneas vaya a verla, es un espectáculo de teatro actual de muy buena factura: ritmo, humor, visión descarnada de cuatro personajes en la cuerda floja, buena dirección, golpes de efecto afortunadísimos, escenario e iluminación muy cuidados y un toque de amargura final que concluyeron con una colecta extraordinaria de aplausos por parte del público, que no llenó el Teatro pero sí buena parte del patio de butacas y palcos.
Cuatro buenos actores: Toni Cantó (un político con problemas familiares), Juan Fernández, Juan Carlos Martín y Marcial Álvarez. Todos caras conocidas de la televisión y solventes sobre un escenario.
Muy recomendable esta obra de la escritora holandesa Maria Goos.

lunes, 27 de agosto de 2007

CRÍTICA: La señorita de Trevélez, de Carlos Arniches

Tomás Gayo es un modelo interesante para el teatro español. Actor muy consciente de que nunca será una primera figura, y con dificultades para encontrar trabajo continuado, decidió hace unos años arremangarse y meterse a productor, en vez de perder el tiempo mendigando o quejándose. Elige bien textos de teatro textual, se reserva un papel secundario en todos los repartos, paga cabezas de cartel atractivos, busca buenos directores para las peculiaridades de cada obra y actúa, que es lo que le gusta. Sus producciones son modestas, pero honestas. Se nota coherencia, trabajo y criterio, también lo ajustado de su presupuesto. Vino al Teatro Gayarre este fin de semana con La señorita de Trevélez, de Carlos Arniches, obra cimera del teatro español del siglo XX y que siempre gusta ver.
Seguramente conocen el texto: la "solterona de pueblo", terriblemente frustrada por su condena a vestir santos, es envuelta en una broma cruel. Un grupo de majaderos sin escrúpulos, señoritos de casino, sin mayor interés que el de reírse (de ahí la crueldad de la broma, ni siquiera es para obtener un beneficio personal) cruzan cartas para hacerle ver que un joven recién llegado a la ciudad de provincias (Logroño en la obra, Palencia en la extraordinaria versión cinematográfica Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem) está perdidamente enamorada de él. El enredo se complica hasta extremos hirientes, la carcajada va dejando paso en el espectador a un regusto amargo y Arniches cierra la obra con una moralina sobre los vicios que impiden el progreso de España.
Ya no hay solteronas como en 1913, digo yo. (Estarán en semanas como ésta bailando reggeton en un todo incluido en el Caribe, disfrutando, que es lo que hay que hacer). Tambien ha cambiado el concepto de vergüenza, del qué dirán, de la murmuración, que existen, pero ya no hacen tambalear a una persona como en aquella Espapa profunda. Y a pesar de eso, el texto de Arniches no está acartonado y sus chistes mediante juegos de palabras siguen haciendo reír al público como el primer día: "¿Cómo prefieres el salto de cama, con caída o sin caída? ¡Hombre, si es salto, mejor sin caída!" y similares. Se comprobó en la función del viernes.
Ana Marzoa está espléndida haciéndose pasar por fea como Florita de Trevélez y la escena del banco en el jardín es hinchante. Pedro Miguel Martínez es un actor solvente y también fue un descubrimiento el que interpretó a Picavea (que no es Roberto Cairo, anunciado en el programa de mano), el único bromista con restos de escrúpulos que intenta ayudar a resolver la terrible confusión.
El montaje tiene un buen pasar, pero no llega a la excelencia por esa precariedad de medios de la que escribí, que obliga a "disfrazar" a varios actores, que no están en edad, como Tomás Gayo, que hace bien su papel pero es demasiado joven, ya que Gonzalo de Trevélez, el hermano de la ridícula protagonista, es también un solterón, cincuentón, ridículo al vestirse como veinteañero para que su hermana no vea en él el paso del tiempo que le afecta a ella. El conserje no es el abuelete que pinta Arniches, pero tiene papel porque es tambien el escenógrafo y maquinista del montaje; el criado dejó claro hasta en la forma de andar que no es actor, sino el gerente de Tomás Gayo, puriempleado también como regidor para cuadrar las cuentas, esfuerzo que hay que agradecer. Finalmente, Angeles Albadalejo hace de uno de los bromistas (la mayor incoherencia de la producción), quizá porque es también directora de producción. Y estas cosas tienen el riesgo de distraer al espectador: en teatro profesional, al texto de Arniches, profundamente realista, no le puedes poner actores maquillados para simular lo que no son ni tienen.
Sin embargo, subrayando el mérito de esta modesta producción, sólo pondría un suspenso absoluto a una cosa, un cero redondo: la interpretación de Luis Fernando Alves, cabeza de cartel como Numeriano Galán, el joven víctima de la broma. Y no porque no sea buen actor, sino porque no ha entendido en absoluto su papel. Está todo el rato en "gracioso", intentando hacer reír al público y "colocando" frases, poniendo poses y caretos mirando al patio de butacas. No se ha dado cuenta de que su personaje no sabe que es cómico. Y que hay que interpretarlo en serio, sintiendo su ahogo ante un enredo que crece imparable y lo va cercando. Eso es lo que el público ríe en La señorita de Trevélez, porque Arniches sabe perfectamente que el espectador es por definición cruel y disfrutará de sus apuros al verlo como se va condenando irremisiblemente a una boda trágica. Extraña que el actor no haya mirado más el trabajo de su compañera, Ana Marzoa, y que Mariano de Paco, el director, que conoce este teatro como nadie, no haya podido cortar semejante despropósito.

domingo, 5 de agosto de 2007

Concluye el Festival de Olite con un brillante "Cyrano"

Tres espectáculos he podido ver este Festival de Olite, porque me pilló de viaje la primera semana de programación. Tres espectáculos nada más, pero altamente instructivos. Alfredo me recuerda que en el reparto de Lisístrata se me olvidó incluir el burro y la cabra, en actuaciones casi estelares, y así lo constato. Thabita me pide que amplíe la información del que creo que es el peor montaje teatral que he visto en mi vida, teatro aficionado incluido. No sé si merece la pena hablar de una versión que no había por dónde cogerla, con alusiones a la España de 1979, cuando hacían gracia alusiones al sexo y escatológicas que hoy causan rubor, y que contra lo que se anunció no fue revisado por Martínez Mediero (y si lo hizo que lo jubilen). Una obra pésimamente dirigida, donde la presencia de algunos actores sólo causaba un profundo sentimiento de vergüenza ajena. Una obra que pretendía hacer reír (y lo consiguió: soltamos carcajadas algunos porque nos parecía increíble que algo así pudiera suceder en un escenario). Y un montaje pretencioso, con ínfulas de espectacularidad que naufragaban en el ridículo. Pobres los emeritenses, lo que les espera. Olite, además, vio un pre-ensayo general, pues el montaje llegó con calzador, lo que demuestra la escasa profesionalidad del equipo gestor de la cosa.
Afortunadamente, Olite permitió la comparación, esta misma semana, con lo visto en el Claustro de San Pedro, cuando suben al escenario actores que saben de su oficio, que saben decir un texto y que están dirigidos por personas que saben concebir una puesta en escena con solvencia. Margarita la Tornera, anunciado como una propuesta "menor" dentro del festival, demostró a un grupo de actores solventes que alcanzaron brillantez en varios momentos, para un montaje cuya única pega era la elección de un texto interesante, pero que no era dramático sino poético, y que había que "narrar" para situar cada escena y hacer avanzar la acción, lo que resta teatralidad. Pero ya me gustaría a mí que Corencia, Marsó y su gente hubiera visto cómo se puede desarrollar un duelo a espadas o cómo marcar con dos detalles de iluminación y un verso bien dicho todas las emociones que se desean.
Finalmente, ayer vimos el Cyrano de Teatro Meridional. Excelente. Magnífico. Espectacular en su sencillez. Un escenario desnudo, dos taburetes y una sabia utilización del claustro para entradas y salidas. Una versión sobresaliente, meritoria al reducir a cuatro personajes un reparto que puede exigir 30, pero que gracias a los efectos de sonido y a las claves del movimiento permitían al espectador "ver" a los ciudadanos de París pasearse por el escenario, o sentir la batalla en el cerco de Arrás. Una dirección sobresaliente, que en la primera escena centra al espectador con la clave cómica que quiere dar al espectáculo, y que por eso mismo sorprenderá cuando, sin salirse de ella, logra transmitir a los espectadores, y emocionarlos, la tortura incontenible del drama de Cyrano, el sensible amante que se siente feo sin remisión que pone la brillantez de su pluma y verso al servicio del apuesto, simple y torpe Christian (que evitó caer en el "bobo" en que le convierten muchas versiones), a quien ama Roxana. En estos casos, hay que poner nombres propios: Álvaro Lavin, actor y director; Marina Szerezevsky, Óscar Sánchez Zafra y Paloma Vidal los otros tres intérpretes. Qué magníficos los cuatro diciendo el verso y matizando cada expresión. La traducción y adaptación es de Julio Salvatierra.
Busco en mi archivo otro montaje de Teatro Meridional que pude ver hace unos años en Cuarta Pared, en Madrid, en la misma línea de sencillez y buen hacer y lo encuentro: Miguel Hernández, visto en 2002 en Madrid, sobre la vida del poeta. Me sonaban las caras y el estilo y reviso aquel programa de mano. Lo protagonizó Álvaro Lavin, aquí Christían, y estaba el mismo equipo humano, con algún nombre más.
Brillante cierre del Festival de Olite, con un montaje como los clásicos: texto, intérpretes, una buena dirección y la piedra centenaria para enmarcar la acción. No hace falta más.

sábado, 4 de agosto de 2007

CRÍTICA: "Lisístrata", de Aristófanes, en versión de Manuel Martínez Mediero

Ayer, en el Festival de Olite, se estrenó "Lisístrata", de Aristófanes, en versión de Manuel Martínez Mediero, con dirección de Antonio Corencia y producción de Paco Marsó. Actuaron Miriam Díaz Aroca, Juan Ribó, Javier Collado, César Diéguez, José Carlos Bebolloso, Rodrigo Sáez de Heredia, José Hervás, Alejandra Torray, Cristina Goyanes, Marta Manole, Arabia Martín, Jorge Lucas, Marisol Higueras, Irene Valerio, Elena Sánchez y Francisco Blanco. La escenografía y maquinaria era de Eduardo Escudero; la luminotecnia, de José Luis Rodríguez; el diseño de vestuario de Maite Álvarez y la música de José Villalobos.

¿Por qué?

miércoles, 27 de junio de 2007

CRÍTICA TEATRAL: "Controversia del toro y el torero", de Albert Boadella, por Els Joglars

Es un diálogo de sordos, el de los taurinos y los antitaurinos. No existe ningún punto de acuerdo entre quienes aborrecen la fiesta por el sufrimiento que provoca en el animal y quienes defienden este arte con mayúsculas. Joaquín Sabina, progre pero habitual en Las Ventas, lo define muy bien: "Los antitaurinos tienen razón, pero no tienen corazón".
Esta Controversia del toro y el torero nos remite al teatro prebarroco, donde no existe la acción, y el conflicto está basado exclusivamente en la sucesión de argumentos de uno y otro, aquí magníficamente expuestos por dos grandísimos actores, Xavier Boada y Ramón Fontseré. El primero es Miguel, el hombre que ha estado 25 años de su vida empujando el carretón con cuernos con el que ensayan los toreros, hasta el punto de asumir la personalidad y argumentos del cuatreño. Fontseré es un torero yacente, recién corneado, que imagina este diálogo onírico afectado por la anestesia y la pérdida de sangre.
La sucesión de argumentos se realiza con agilidad, con momentos de humor, y una gran puesta en escena, a pesar de que los dos personajes apenas se mueven en un círculo de cuatro metros de diámetro, una plaza encogida. Arena y luz por toda escenografía, que completa una muleta sin espada.
La obra duró apenas una hora y diez minutos. No necesitaba más ni podía extenderse más allá sin merma de la atención.
Un espectáculo completamente diferente al que habitualmente firma Boadella, alejado del gran ritual de los montajes joglarianos. Una diatriba minimal, para un problema que crece: Barcelona y Pamplona están siendo los principales escaparates. A pesar de ello, no se llenó el teatro. Poco Club Taurino en las butacas. Con razón dice un gran aficionado local, que el taurino español es iletrado o poco leído, a diferencia del francés, generalmente más documentado.

miércoles, 30 de mayo de 2007

CRÍTICA: "El bazar de la langosta", de la Needcompany

A la salida del Teatro Gayarre, ayer, hubo quien echaba pestes de lo que había visto y quienes salían satisfechos por el espectáculo programado dentro del Festival Otras Miradas, Otras Escenas. Buenos aficionados que descalificaban radicalmente cada aspecto del montaje junto a quienes lo aplaudimos vivamente. ¿Qué pasó?
En primer lugar, que la propuesta El bazar de la langosta no se entendía, a pesar de que la traducción simultánea era muy buena; después, el esfuerzo para seguir la historia y a los actores, que no paraban de moverse por todo el escenario. A mí, sin embargo, no me pareció un montaje lejano, abstracto... Hasta me sugirió coincidencias con ese interesantísimo Construyendo a Verónica que vimos hace unas semanas: una historia con muerte que también sucedía en una playa y (aquí) cinco versiones distintas, dadas por cada uno de los personajes, lo que obliga al espectador a tomar la responsabilidad de construir él mismo la realidad que se le presenta parcial. Ya ven ustedes qué bacile el mío ayer en el patio de butacas.
Me encantó el espectáculo del grupo belga porque lograba transmitir la angustia desgarradora, atroz, brutal y seguramente más terrible que puede vivir un ser humano: la que siente todo padre que ha perdido a su hijo. Eso era lo que había que entender, o mejor dicho, sentir. Daba igual si el hijo murió a golpes en la playa, en un incendio en el hospital tras un año en coma o cuando el padre autorizó a que se le desconectara el aparato que le permitía respirar. ¿Por qué? Porque da igual. Porque hay que seguir la metáfora que nos propone el creador del espectáculo, no la frase textual. Un padre puede entender que dejó morir a su hijo cuando éste desaparece bruscamente de su vida, o considerar mayor catástrofe que un incendio arrasador la decisión de pulsar un botón...
A partir de ahí, había que dejarse llevar y creo que era fácil de entender la propuesta tal como se planteaba escénicamente: eran personajes reales pero lo que contaban no eran realidades, sino los sueños (más bien pesadillas) de cada uno de los personajes, lo que daba ese aire onírico al espectáculo. Personajes, por cierto, íntimamente desgarrados. Así se entiende que hable y cante un oso en un momento dado (porque es la imagen onírica concatenada del chófer, que es ruso, que se asocia al imaginario colectivo del oso ruso, que se presenta en escena como el oso, etecé, etecé). Y luego había que entender que se contaban cinco historias, pero en cada una de ellas los personajes que no participaban directamente en la versión seguían contando, por su cuenta, su propia historia (en ese caso, coreografiada), de ahí que se movieran en segundos y terceros planos, con momentos bailados de gran belleza, aunque provocaban tensión en el espectador, que tenía que mirar demasiadas cosas a la vez.
Además, me gustó la propuesta, tan teatral por antiteatral. En general, había poco diálogo y mucha narración en tercera persona, en proscenio, directamente a los espectadores: casi siempre era el mismo personaje femenino quien contaba lo que pasaba a cada personaje de la historia... Y eso se mezclaba con canciones muy tristes (que a mí me llegaron, aunque otros decían que eran flojitas). Y puede que cantaran mal (que a mí no me lo pareció, pero mi oído es penoso, lo reconozco), pero contribuían a crear ese "antimusical", nada complaciente, tan antidisney, tan alejado de los que programa la Gran Vía madrileña. El aire popero de la puesta en escena y el vestuario (tan light, tan decadente) permitía todavía un contraste mayor ante las cosas terribles que se decían: la niña prostituta de 14 años, la muert del hijo, los reproches del matrimonio.
Es decir, que me pareció un gran montaje, como se lo pareció al público de Avignon, quizá más acostumbrado a un teatro cubista, donde al espectador le llegan los planos fraccionados, descompuestos, con perspectivas diferentes que luego él debe unir.
Y un texto, por cierto, bellísimo, muy literario, sugerente y evocador. Y hasta un notable sentido del humor en algunos momentos, varios a propósito del crustáceo que da nombre al espectáculo, y que ya vimos que fue lo único mal traducido. Sentido del humor belga que, después de lo visto en esta segunda edición del festival, me da la impresión de que es como su chocolate: mucho mejor cuanto más negro y más amargo.

lunes, 28 de mayo de 2007

CRÍTICA: "Splendids", de Jean Genet

Genet, un autor complejo, difícil, torturado, que siempre coloca a sus personajes en situaciones límite, sin vuelta atrás. Un autor que expía sus pecados en el teatro. Por aquí, sólo Las criadas se ha popularizado. José Carlos Plaza trajo al Centro Dramático Nacional una propuesta extraña, Splendids, que el propio autor rechazó y tuvo que ser Sartre quien reivindicara el texto.
El título es el nombre del hotel donde se han refugiado siete delincuentes de una banda. Atrapados en la última planta, mientras esperan el asalto de la policía, pelean entre sí. Se les suma un policía que ha decidido pasarse al otro bando. Violencia extrema, pues ha sido asesinada la rehén (saber quién lo ha hecho es la intriga de la primera parte). Obra extraña (en mi opinión incohrente) porque, pasada la primera media hora, ningún personaje es lo que parece. El supuesto líder se desmorona; el más duro confiesa su homosexualidad y se jacta de ella; el cobarde acaba siendo uno de los que domina la situación; el loco demuestra cierta cordura... Y con un narrador que apunta acotaciones...
Un ejercicio difícil que no ha tenido éxito de público, a pesar de haber disfrutado de todos los medios posibles. Una escenografía epatante, de unos 14 metros de alto, que ocupaba también un lateral del patio de butacas y que en parte se iba destruyendo conforme avanzaba la acción; iluminación riquísima, un vestuario impecable (la banda ha dado el golpe fallido en frac)... El equipo habitual de Plaza lo borda. Los actores también hacen un esfuerzo titánico: alguno se pasa hasta un cuarto de hora moviéndose sin texto para colocar su frase en un momento dado.
Un esfuerzo ingente, que sin embargo deja frío al espectador. Mucho movimiento para ocultar un texto al que las frases (algunas en exceso filosóficas, en otros casos auténticos enigmas), no deja avanzar, y eso que se siente el final cercano para todos los personajes.
El montaje, en el Valle-Inclán, se disuelve esta semana. Lo mejor, haber podido traer a España un Genet desconocido.

CRITICA: "Coriolano", por la Royal Shakespeare Company

Una escapada a Madrid para ver algo de teatro, pasearme por la Feria del Libro, ver gente, hacer algunas gestiones y me topo con la Royal, que es mucha Royal, y además con un texto de los que hay pocas oportunidades de ver: Coriolano, el drama del líder militar opuesto a que el pueblo tenga representantes, que tanto gustaba a nazis, fascistas y a estalinistas.
El montaje fue texto (con sobretítulos), voz y luz, puesto que la escenografía no se trajo desde Londres, porque no cabía por la puerta.
Y no hacía falta. El teatro inglés es como otra dimensión, como un nivel especial, que aquí parece imposible alcanzar. Movimiento, ritmo, dicción, expresión, humor... en una puesta en escena sencilla, volcada hacia el patio de butacas. Estaban actores como William houston, Timothy West y Janet Suzman. Veintitrés en total.
Sólo se programaron tres días en Madrid y casi hubo tortas para conseguir entradas. Sueño con que podamos ver algo así en Pamplona.