sábado, 6 de octubre de 2007

CRÍTICA: "El reverso del verso", de La Trova

La Trova estrenó ayer, viernes, su séptimo espectáculo, El reverso del verso, en la línea de los seis anteriores: una serie de esqueches sin un hilo temático muy definido interpretados por cuatro músicos y cantantes, en la línea del humor inteligente de Les Luthiers.

No pude ver el anterior espectáculo, que todavía sigue en cartel, y que pasearon durante años con éxito por escenarios profesionales (Barcelona y Madrid, pero también otras muchas ciudades españolas) y creo que no les había visto en los últimos cinco años. La impresión es curiosa: salgo de verlos con idéntica imagen con la que dejé la ENT cuando estuve en su debut, en 1992. Entonces participaba en un jurado local y propuse (y votamos) premios al mejor guión y mejor música.

¿Por qué esta impresión idéntica? Porque los componentes de La Trova siguen haciendo muy bien lo que ya sabían hacer muy bien cuando empezaron esta aventura y siguen arrastrando las mismas deficiencias y carencias de las que adolecían entonces. Por eso el resultado del espectáculo deja más que satisfecho a un espectador y crítico como yo, porque tiene enjundia y calidad, pero uno siente la sensación de que podría dar mucho más de sí. Trataré de explicarlo.

El reverso del verso está anunciado como una recreación/adaptación/modernización de un auto sacramental con el esquema de diálogo alegórico entre el Autor, la Cultura, la Vida misma y la Cultura. Un hilo conductor endeble porque está interrumpido por una serie de números que nada tienen que ver con ese propósito inicial. Pero da igual, porque cada fragmento tiene muchos valores en sí mismos y su intercalación ofrece ritmo y nuevas oportunidades de reír. Los momentos "calderonianos" del texto de Javier Horno son por momentos magníficos (bien rimados, con gracia, elegantes) y demuestran que conoce mejor que bien el referente. Algunos esqueches tienen brillantez, como el monólogo sobre el estado actual de la enseñanza en este país (también Javier sabe de lo que habla como profesor de instituto) o la parodia de los programas televisivos sobre estrenos cinematográficos y la traducción de las declaraciones de los protagonistas de la película. La crítica desde una ideología conservadora al progresismo (de la canción protesta, de algunas actitudes) también es fresca y novedosa, porque no abunda en los escenarios. Hilarante también el recital de música clásica y, especialmente, la presentación previa de esa sonata interrumpida (quizá el momento cómico más marcadamente "Luthier" de todo el espectáculo). Y el bis, por supuesto, el doblaje de una película de dibujos animados que recupera un estilo muy aplaudido de espectáculos anteriores. Lo peor para este crítico son las interrupciones publicitarias, por tópicas y poco imaginativas (porque uno siempre espera -iba a escribir exige- del guionista más chispa, productos comerciales más actuales y menos situaciones manidas).

También excelente, como en el 92, la música (en este caso de Máximo Olóriz); las interpretaciones musicales de los cuatro componentes de La Trova y también el dominio de muy distintos instrumentos. Por supuesto, la facilidad para la imitación de voces y acentos de los cuatro componentes del grupo, así como la evidente vis cómica de Javier Sanjulián y Manuel Horno.

Pero La Trova sigue arrastrando las carencias de siempre, quizá porque exigirían una preparación específica intensa en tiempo y formación que ni pueden ni tampoco quieren realizar. La más fácilmente salvable es que, como actores, los cuatro tienen evidentes limitaciones que disimulan muy bien cuando trabajan números musicales pero que quedan al descubierto en determinados momentos. Por ejemplo, cuando hablan todos a la vez y no consiguen evitar proyectar un sonido sucio (no ayuda, claro, el que actúen con micrófono también en los momentos no cantados, a mi juicio, un error de concepto del espectáculo). Además, cuando tienen que moverse por el escenario, porque les sigue faltando soltura. Y en algunos esqueches donde hay que interpretar, porque cuando se ponen "en actores" acaban siempre engolando sus diálogos, lo que da un punto artificioso a lo dicho y acaba provocando monotonía. Un ejemplo claro de lo dicho es Javier Horno, que intenta dar sentido, pausa y criterio a cada una de sus frases con un esfuerzo notable, pero su cuerpo, sin que él se dé cuenta, le acaba introduciendo la cabeza entre los hombros. Lo curioso es que cuando se olvida de "actuar", en el monólogo sobre el profesor y los alumnos de hoy día, es cuando mejor está en todo el espectáculo.

El problema de La Trova sigue siendo la falta de un director solvente, papel para el que Javier Horno carece de recursos, por muy claro que vea en el papel las situaciones que escribe. De haber contado El reverso del verso con un buen director de escena, no se hubiera tolerado nunca la iluminación exhibida, absolutamente penosa, que deja en semioscuridad en varios momentos a los intérpretes y en ni un sólo caso logra acompañar ni crear el ambiente adecuado a cada historia que se cuenta. Un director profesional hubiera modificado la disposición de las sillas e instrumentos en el escenario y hubiera aprovechado mucho mejor el espacio. También habría mejorado algo la interpretación de los cuatro integrantes de La Trova, digo yo, y sobre todo hubiera reordenado los esqueches, para que el espectáculo hubiera ido de menos a más hasta culminar en un final vibrante (en vez de producirse el bajón a que está abocado el espectáculo con la actual ordenación). Si además logra evitar las transiciones entre número y número (que son el auténtico talón de Aquiles de sus espectáculos), la obra hubiera lucido muchísimo más redonda. La Trova lo merece.

1 comentario:

religiones dijo...

Para las personas interesadas en el grupo La Trova, en su página web hay más información: http://www.latrova.info/